Viaje a Galicia.

23 abril 2024 : San Jorge Día del Libro

   Murcia, martes, las ocho y media, sin novedad. Como ha gustado mi “Crónica de un viaje” con niños, que hicimos cuando mis hijos eran pequeños, voy a contar otro a Galicia de esas fechas;

   VIAJE A GALICIA: 45 alumnos y 5 profesores

   Día 6, viernes, 1986.

   Salimos a las 8:45 h, casi 2 horas después de lo previsto. El motivo del retraso fue debido a que el autocar que nos había de llevar se presentó sin televisor.

   Los padres exigían televisión y los niños lo deseaban. Llamadas telefónicas. Alicante nos conformaron prometiendo cambio de coche en Madrid.

   Llegamos a Madrid a las 3:00 h de la madrugada del sábado. De lo dicho, nada. Que si el coche estaba averiado, que se vería en Pontevedra, etc. Lo cierto es que seguimos con otro conductor, por eso de ir sin sueño, pero con el mismo autocar.

   El nuevo chófer se llamaba Clemente y ya no nos dejaría hasta el regreso a Murcia: hombre grandón, bigotudo, servicial, serio y tal.

   En Pontevedra se esfumaron las últimas esperanzas de cambiar de coche. Todas las gestiones resultaron infructuosas. aunque tengo para mí que desde un principio lo del viaje en autocar sin video estaba sentenciado.

   También es verdad que el coche se merece un aplauso más que el desprecio a que lo tuvimos sometido en un principio. Es un gran autocar, magnífico autocar donde los haya. que se traga los kilómetros con más voracidad que el mejor turismo.

   Ruedas nuevas, asientos reclinables, buena música, todo menos televisor, detalle o falta que al fin y a la postre es de agradecer, porque a Galicia hemos venido a ver bellos paisajes y no a mirar el televisor, cosas incompatibles como es de suponer.

   Llegamos a las 11:30 h al “Hotel Asturiana”. Nos recibieron con la amabilidad que es característica en el gallego. El hotel es grande y nuevo, las habitaciones limpias, en todas cuarto de aseo y servicios, toallas, jabón, agua caliente, etc.

   Nos acomodamos en una planta los del grupo. Esto tiene su importancia, aunque parezca baladí, porque a la hora de recogernos, quedamos todos como quien dice dentro de la misma casa, con la llave echada;

   es decir, sin romperse el grupo por diversas plantas o pabellones separados, que de todo ocurre en estos casos.

   La comida del mediodía fue extraordinaria en cantidad y calidad. Los niños, que no saben bien lo que son hoteles porque no han estado en ellos antes, no comprenden que quedarse hartos y con las fuentes aún llenas de chuletas de cordero no es lo más corriente en estas lides hoteleras de estudiantes.

   Un milagro es la palabra que define, a nuestro juicio, lo que está pasando en el hotel. Si no recuerdo mal, de desayuno leche y café a gogó -una taza, dos tazas, una docena de tazas-; pan con mantequilla y mermelada; magdalenas a discreción.

   La comida de ayer -las compañeras por curiosidad las van anotando en sus cuadernos respectivos de notas- con vino blanco, tinto y agua; con fruta, helado o flan de postre.

   Hoy recuerdo que veníamos de Pontevedra, donde tomamos unas cigalas y unas almejas sabrosonas, un centollo que valía 4.000 pesetas lo dejamos para otra ocasión por eso de la hora y tal que no nos quitará el apetito.

   Cuando hemos llegado, el primer plato era… pues eso: un hermoso centollo, cigalas con Ribeiro de la tierra, luego unas patas de carne bien condimentada con patatas, más carne, más patatas, más carne.

   Luego, la repetida frase aquí de: ¿quiere más?, ¿le traigo algo más?, ¿quiere fruta de postre, helado, manzana? Ayer comimos mejillones frescos en sus abiertas valvas que ofrecían su valiosa golosina; luego sardineta asada -¿cuatro, cinco, quince?- por persona con limón y vino.

   El plato fuerte llegaba luego: una paella con toda clase de mariscos. De milagro, repito, que es cada comida en el hotel. Los niños lo pasan bomba.

   Las cenas son igual. ¿Para qué seguir? Opíparas, variadas y abundantes.

   Llevamos visto Villalonga, pintoresco pueblo marinero, junto a la ría de Arosa, donde oímos misa el sábado por la tarde en una iglesia alejada, con un cura gordo y rubicundo con cara de pocas penas.

   Lo saludamos en la sacristía antes de la misa, cosa que, pienso, le dejó indiferente o poco menos.

   Serafina y Mari Carmen sacaron más tajada de esta visita sabatina; pues se ligaron al Sacristán, que les hizo fotos con su vaca y hasta quedaron en que vendría al hotel con una burra a seguir con las fotos y tal.

   Pues creo que el tal Sacristán la tenía en mucho aprecio. Accedió a venir con la pollina si ellas no eran malas y guardaban el secreto, porque si se enteraba su mujer todo lo de las fotos se iba donde se imagina.

   Este sacristán era un hombre bien parecido, espigado y cuarentón, que se pasó la Santa Misa junto al cura sin llevarle las vinajeras ni cambiarle el libro ni nada de nada.

   Vamos, que tuvimos tiempo en la media hora que duró la misa de retratarlo bien y hasta de imitar ciertos tics que se le insinuaban tímidamente cada dos minutos y cinco segundos.

   Ah sí, lo que hizo a mitad de la misa fue pasar la bandeja por delante de nuestras narices removiendo la poca calderilla que llevaba recogida. El final de la historia del sacristán si es que lo tiene, lo contaré otro día.

   Continúa.


Comentarista: F. Tomás

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