Viaje a Fátima 5.

4 Mayo 2024: San Secundino   125 – 241 

   Murcia, sábado, temprano, sin novedad en la casa.

   PIENSA: Todo llega para quien sabe esperar.

   ¿LO SABÍAS?: Ha habido astrónomos ciegos, pero casi nunca por mirar directamente al Sol. Ya desde el siglo XIII sabían que mirarlo de esta manera era perjudicial y lo evitaban.

   Galileo Galilei no inventó el telescopio para quedarse ciego, sino que observaba el Sol siempre mediante la proyección de su luz. Se quedó ciego, como otras personas, por su avanzada edad.

   El astrónomo ciego, profesionalmente activo, más famoso fue el Director del Observatorio de París. Pero la ceguera le sobrevino hacia el final de su carrera, cuando se dedicaba más a la Política que a la Astronomía.

 

   Y ahora sigo con el VIAJE A FÁTIMA:

   28 Junio, 87 -mi cumple-, domingo. ¿Quién que no haya estado puede imaginarse algo parecido? Hemos vuelto a la Basílica, a la Capelina. La vida de Fátima tiene su centro allí.

   Miles de personas congregadas, lenguas distintas, nacionalidades distintas, colores distintos, pero un mismo credo. Cincuenta, ochenta, cien sacerdotes detrás del altar.

   Y la Virgen, que ha sido llevada en procesión, como una más entre los fieles. ¡Qué devoción! Finalizada la Misa, el flamear de pañuelos cuando la vuelven a su Capilla, es de lo más emotivo que pueda imaginarse.

   El viaje a Lisboa ha tenido dos paradas en el camino: la primera en Batalha para conocer el monasterio o convento real de Santa María de la victoria, una de las más grandes y monumentales obras arquitectónicas monásticas de Europa.

   Su construcción se debió a la victoria precisamente de Aljubarrota de los portugueses contra los españoles, en el siglo XIV. Algo así como hizo Felipe II, dos siglos más tarde, con El Escorial, al vencer a los franceses en la batalla de San Quintín.

  Y esto no es óbice, claro, para que tanto españoles como franceses reconozcan el gran valor artístico de estas obras.

   La segunda parada se hizo en Alcobaça, para conocer el monasterio de Santa María, cuna de la cultura portuguesa. También se debió su construcción a la promesa de su rey Alfonso Enríquez, si ganaba una plaza a los moros en la Reconquista.

   Las obras son tan colosales que hacen sonreír pensando en tales votos en tiempos de gran penuria de la nación. ¿Cómo estos Reyes pensarían en obras de tal calibre como si nada?

   “Si gano la guerra construyó una choza en la huerta”. ¿Pensamos cuánto supondrían entonces estas obras? Pero ahí están. Eso es lo cierto. No podríamos contemplar hoy estas joyas del arte medieval si no hubiera habido Reyes locos que ordenaran su construcción entonces.

   La entrada a Lisboa va precedida por el saludo cordial del Tajo, que nos recibe y nos acompaña, nos da la bienvenida. El Tajo, en su largo recorrido, hace como el Guadiana: aparece, se esconde, y vuelve otra vez.

   Algo travieso, juega a ofrecerse rendido y a perderse esquivo después. Lo hemos llevado con nosotros en estos juegos al escondite desde Toledo.

   Demetrio es un profesional de categoría. Sin dudar, ha llegado a la misma puerta del hotel Berna. Yo admiro a estos hombres serenos, responsables, de buenos reflejos y con un sentido de la orientación fuera de lugar.  Demetrio merece el mayor aplauso de los que vamos con él.

   La primera impresión de Lisboa es pobre. Quizás sea prematuro el juicio, pero la cochambre y la suciedad saltan a la vista. De hoteles, el menos favorecido de cuántos llevamos vistos.

   El comedor ruidoso por demás y descuidado. Es otra cosa. En el ambiente se nota que hemos salido perdiendo.

   Continuará.


Comentarista: F. Tomás Ortuño.

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