Viaje a Fátima 7.
6 Mayo 2024: San Lucio
Murcia, lunes, temprano, sin novedad en el alcázar.
Broma: A mi nieta Sofía: ¿Cuál es el estado de la materia más divertido?-El “gasioso”.
PIENSA: El deseo es un anhelo del pensamiento hacia el porvenir.
Y termino con el viaje a Fátima:
30 junio 1987.- Bonita está la mañana. Madrugamos para salir hacia Mérida. Tras invocar de nuevo la protección de San Cristóbal, proseguimos nuestro viaje.
Felicidad en los rostros. Diría que asoma un deje de amargura porque el viaje toca a su fin. Fina irrumpe con el Canto a Murcia, que todos seguimos entusiasmados. No cabe más alegría en todos los presentes. Se canta y se ríe, se siente paz y gozo que, en definitiva, es la fuente de esta explosión de felicidad.
Mérida fue una ciudad romana. Entre sus monumentos conservados destacan: el Teatro, año XV a. de C.J. con su gran escenario frente a un hemiciclo, donde cabían 6000 personas.
El Anfiteatro, año VIII a. de Cristo, con capacidad para 14000 personas. ¿Quién no piensa allí en las escenas de los gladiadores que luchaban a muerte? “AVE Imperator, morituri te salutant“-los que van a morir te saludan-.
El Circo, otro monumento para espectáculos públicos a los que tan aficionados fueron los romanos. Cerramos los ojos y nos parece ver a los cuadrigas fustigando a sus briosos corceles en alocada carrera.
Estos restos invitan a la comparación de dos mundos -pagano y cristiano- en un escenario milagrosamente común. ¿Como después de dos milenios seguimos con luchas fratricidas, diferencias escandalosas sociales, como entonces?
Don Manuel recoge a mogollón imágenes con el tomavistas. Amós se muestra escéptico, pero siente curiosidad y respeto delante de las piedras milenarias, y mira atento a cuanto se ofrece para ver.
“¿Por qué no limpian estas columnas y las pintan? Estarían mejor”. Es una broma suya que desconcierta a quien no le conoce bien.
Don Antonio va por folletos a la oficina de Información y Turismo. Reunir estas hojas bellamente ilustradas es su debilidad. Plasencia, Mérida, Monasterio de Guadalupe…
Visitamos las Termas y otras salas. ¡Pero qué sibaritas debieron ser estos compatriotas nuestros! Junto al Teatro se encuentra el Museo Nacional de arte romano, que visitamos con relativo detenimiento.
Don Manuel y su máquina son inseparables. Como después vemos, aprovecha siempre la ocasión para que salga su bellísima señora, Angelita, quien desde luego realza cualquier decorado romano por bello que éste sea.
La mañana transcurre sin prisas. Es la nuestra una paz Serena que no queremos romper. El grupo discurre por entre restos cargados de historias, de figuras mutiladas de patricios y emperadores:
Tiberio, Calígula, Claudio (el sandio Claudio). Nerón (el loco y depravado Nerón), Trajano (de Itálica, a orillas del Betis, del que solo quedan sus ruinas…
Alberto, con su expresión inteligente y sus ojos grandes cargados de bondad, mira arrobado los mosaicos que se exponen en la pared. Cuando nos cruzamos, nos sonreímos en señal de connivencia.
“Lo del hermano de Francisco no está muy claro”, nos decimos. Aunque desde que vimos el Museo de Fátima y ciertas fotos de archivo no sabemos qué pensar. Es Alberto un joven de simpatía desbordante contagiosa, aunque no hable.
Es fácil augurándole un porvenir brillante en sus apostólico trabajo. De nada, Alberto.
Y Cándida con mi señora del brazo. Pero, Cándida, ¿te has propuesto separarnos? Donde va la una va la otra. Cándida, como su nombre, es encantadora mujer.
Nuestra amistad viene de largo. Compañeros maestros pasábamos con su marido don José tardes deliciosas en su casa. Su hija Matilde, bellísima joven, dulce como su madre, nos deleitaba con el piano.
Quién nos iba a decir entonces, Cándida, que 25 años más tarde nos veríamos en este viaje Mariano.
Don Francisco, que todo lo lleva puntualmente milimetrado en el tiempo, ordena seguir hacia Guadalupe. Anita, su mujer, orgullosa de sentirse la primera dama como Nancy Reagan, poco más o menos, mira embobada a su marido cuando habla.
Quizás sea polémico lo que voy a decir, sobre todo en los tiempos que corren y con la joven Adela adelante: “Nunca la mujer alcanza mayor feminidad ni mayores cotas de atractiva belleza, que cuando está sometida al varón y se siente pequeña y necesitada. Locos empeños de igualdad cuando se trata de cosas diferentes. En su logro estaría su derrota.
“Tomad ejemplo de Anita”, me digo para mí, mujeres, y abandonar esos deseos vanos de querer ser lo que va contra naturaleza“.
FIN
Comentarista:
F. Tomás Ortuño.
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