Viaje a Fátima (7).
23 febrero 2024
Murcia, viernes, las ocho, sin novedad. Ya tengo los libros del año pasado. Podéis venir a recoger el vuestro.
Sigo con el viaje que hicimos a Fátima el 25 de junio de 1987:
27 junio 1987.-
En Fátima, las 7:00 h de la mañana, silencio en el hotel. Es un silencio que se palpa. Solo el trino de los pájaros se escucha por la ventana. Ni ruidos de coches. Nada. Silencio total.
Es curioso comprobar que por la noche hay silencio también. Uno que ha ido con niños de colegio a diversos puntos de la geografía hispana -Galicia, Cataluña, Andalucía, Baleares…- puede hablar de este silencio como algo insólito.
Los niños, con su ruidosa alegría, unen la noche con la mañana y llevan de cabeza a los mayores que tienen que cuidarlos. Por un milagro de la física, pasan de unas habitaciones a otras sin abrir puertas y resisten sin agotarse ocho días consecutivos sin dormir.
Por eso, aquí, cuando podemos escuchar el silencio, palparlo, saborearlo a placer, nos parece mentira. El fresco de la mañana es una delicia. Parece que aquí es, incluso, mejor que en otra parte.
En la Capelina se decía Misa en español. Por un pasillo largo, kilométrico, de losa resbaladiza, caminaban fieles de rodillas. promesas ofrecidas a la Virgen, un hombre se arrastraba literalmente por el suelo.
Tras desayuno y la Misa oficiada por nuestro querido y admirado Páter particular, don Silvestre, fuimos a Aljustrel. En este lugar a 2 km de la basílica, nacieron los niños que tuvieron la fortuna de ver a la Señora.
Están intactas cosas de la época de estos pastorcitos. Se conserva la casa de Jacinta y de Francisco, con su cama de hierro y objetos personales. La casa toda es una reliquia en peligro de hundirse.
Sobre la cama se ven monedas y billetes de visitantes anónimos. En una mesa hay una canastilla con el mismo fin. En el pozo, a dos pasos al que iban los niños, una señora ofrece agua a cambio de algún dinero.
No sé, pero este aspecto para mí es desolador, algo así como el de aquellos mercaderes del templo que llenaron a Jesús de Santa indignación y los echo a latigazos.
Creo que estas personas son también mercaderes que explotan la devoción de miles de creyentes.
Pues sí, Paco Marín estuvo a punto de perderse. Dos viajes, dos, tuvimos que hacer por él. “Marín no viene con nosotros”. “Marín se ha quedado allí”.
Efectivamente, Marín, como llevaba escudos para parar un tren, compra que te compra albornoces por las tiendas, se le fue el Santo al cielo y se olvidó de que teníamos que regresar.
Pero como no hay mal que por bien no venga, volvimos de nuevo y nos sirvió para gozar otra vez de la vista de esta casa de privilegio donde vivieron estos niños afortunados.
Continuará.
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