El grito de la tierra.
8 Mayo 2024: Ntra. Sra. de la Estrella.
Murcia, miércoles, temprano y sin novedad en el Alcázar.
PENSAMIENTO: Solos, podemos lograr muy poco; juntos, podemos hacer mucho.
¿SABÍAS QUE?: Brasil tiene una extensión de 17 Españas juntas?
¿TU QUE HARÍAS?: Te encuentras en un laberinto y tienes tres puertas delante. La puerta de la izquierda lleva a un ardiente infierno. La del centro a un león que no ha comido en tres meses. Y la de la derecha a un brutal asesino en serie. ¿Qué puerta escoges?
SOLUCIÓN: La del centro porque ningún león puede vivir sin haber comido tres meses.
Te copio una Poesía que escribí siendo Concejal del Ayuntamiento de Jumilla, por los setenta del siglo pasado, y había perdido: Se hablaba de las aguas que querían llevarse a otros municipios.
EL GRITO DE LA TIERRA
No te la lleves, no; no te la lleves:
La tierra está sedienta.
No te la lleves, no,
Que es nuestra vida, al fin, lo que te llevas.
En nombre de Jumilla,
Del campo, de la huerta,
Del hombre que trabaja sin descanso;
En nombre de los jóvenes que esperan…
No te la lleves, no,
Que es nuestra vida, al fin, lo que te llevas.
Y, por favor, de leyes no me hables;
De leyes no, por Dios, que es de conciencia
El caso de las aguas en Jumilla,
De ser o de no ser, ¿no te das cuenta?
¿No ves que ya las tierras están rotas,
¿resecas, por sedientas?
No, por favor, de leyes no nos hables;
Deja las aguas quietas,
Y vete lejos, donde no hagas daño.
Escucha, pues, el grito de la tierra:
No te la lleves, no; no te la lleves,
Que es nuestra vida, al fin, lo que te llevas.
El agua que pedimos,
El agua que exigimos es tan nuestra
Como es tuya la sangre de tu cuerpo,
La sangre que circula por tus venas.
El agua que pedimos es la savia
Que riega nuestra tierra,
Parida con dolor,
Con sudores de parto, con paciencia.
No quieras tú, en nombre de unas leyes,
Sacarla de su casa por las buenas.
Los hombres de Jumilla son prudentes
-y de ello han dado repetidas pruebas-,
Jumilla es generosa,
Altiva, hospitalaria, honrada y buena,
Pero, por Dios, el caso de sus aguas
Es un problema de supervivencia.
Y es mucho, ¿no lo ves?, lo que le pides,
Es mucho, ¿no lo crees?, lo que se juega.
No te la lleves, no,
Deja las aguas quietas,
Y vete lejos, donde no hagas daño,
Que es nuestra vida, en fin, lo que te llevas.
Con años de sequía,
Con siglos de trabajos y de penas,
Se fue curtiendo el hombre de Jumilla,
Cuidando con amor su sementera,
Mirando para arriba noche y día,
Pidiendo cual maná la lluvia buena
Que apartara de sí y de los suyos
El fantasma del hambre y la miseria.
El hombre de Jumilla, el campesino,
Curtido por el sol como su tierra,
llegaba al borde de la vida misma,
con su dolor a cuestas,
a abandonar aperos,
a descuidar la siega,
y a salir de sus casas de labranza
para no retornar jamás a ellas.
Historia muchas veces repetida
de humillarnos, que cerraban puertas,
dejando tras de sí sus ilusiones,
su fe, su juventud, rotas o muertas.
Luego, tras muchos años
de esfuerzos renovados y de penas,
de soles y de vientos, de trabajos
sin fin, de rezos y esperanzas nuevas,
observa que de pozos de su término,
cual sangre de sus venas
pinchados en la dermis de su cuerpo,
ingentes borbotones de agua llegan.
Por fin más generosa,
en premio a su tesón y a su paciencia,
se ofrece al jumillano
madre naturaleza,
y el agua que ha soñado tanto tiempo,
aflora cantarina, alegre y suelta.
El hombre de Jumilla, el campesino,
sus ojos turbios de sudor elevan
al cielo, agradecido, silencioso,
feliz, emocionado, y cree que sueña,
porque es toda la vida de Jumilla,
del campo y de la huerta,
que brota generosa
de las entrañas de la misma tierra.
No te la lleves, no; no te la lleves,
que es nuestra vida, en fin, lo que te llevas.
Y un pueblo así, como es el de Jumilla,
qué tanto de honradez ha dado pruebas,
que tanto sabe de trabajos,
que tanto sabe de paciencia,
no está dispuesto, en nombre de unas leyes,
a dejarla salir sin resistencia.
Con un pueblo callado, varonil,
formal, honrado y serio, no se juega,
porque es capaz de levantarse a una
a defender lo suyo, como hembra
que cuida a sus cachorros,
sin medir más allá las consecuencias.
No te la lleves, no, no te la lleves,
que el pueblo de Jumilla no lo acepta.
Francisco Tomás Ortuño
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