Martes de Carnaval.

17 Mayo 2024: San Pascual Bailón

   Murcia, viernes, las nueve y sin novedad en la casa, salvo que es el santo de mamá y de Pascual.

   Hoy te contaré un Cuento, que escribí hace muchos años. Cuando estaba de Maestro en Elche de la Sierra, conocí a Felicito, de profesión Piloto de Aviación.

   “Mañana pasa Felicito por Elche”, les decía a los niños.

   “¡Ya viene, ya viene!”, decían todos cuando oían un ruido que pensaban que era el avión.

   Corrían al patio y lo saludaban con gritos y con las manos.

   Felicito daba su vuelta por el pueblo y respondía al saludo.

 

   Como le hablara del Carnaval de Jumilla, me dijo de venir a conócelo, y un Martes de Carnaval vinimos en su moto.

   Pasó la tarde con una máscara que no quiso descubrir su rostro, y se fue sin verla, a pesar de pasar la tarde con ella.

   A los varios años, en una fiesta popular, se me acercó una señora y me preguntó; “¿Cómo está su amigo Felicito? Nos conocimos un Martes de Carnaval, que pasamos juntos”.

   ¡Qué sorpresa! Muchas veces me había preguntado por ella y nunca supe responderle. Pero escribí el Cuento que hoy te mando

    

   CITA EN JUMILLA.-

  Cuando su madre me dijo que Ana había muerto, quedé sin habla. Era la emoción más fuerte que había recibido nunca. Un mundo de ilusiones quedaba roto a mis pies.

   Pero cuando oí que hacía cinco años de su muerte, mi corazón quedó paralizado por la angustia. Yo había estado el día anterior con ella. Habíamos pasado la tarde juntos.

   Recuerdo que volví a Valencia después de un largo recorrido por Andalucía. De pronto, sin esperarlo, en Jumilla, mi coche fue asaltado, materialmente asaltado, por un grupo de máscaras.

   Tuve que detenerme. Detrás había más. Y delante. Estaba bloqueado. Era Martes de Carnaval. Inolvidable 15 de febrero. Una de las máscaras del grupo se quedó mirándome.

   Tenía los ojos grandes y un mechón de pelo se escapaba por entre las telas de su disfraz. Divertido, bajé del coche y con ella me perdí en la ruidosa barahúnda de trajes y caretas de cartón.

   Luego salimos del tumulto para hablar con más sosiego. Me llamo Ana. Vivo en la Calle de la Paz, número 3. Yo le entregué una tarjeta, que guardó en su bolso. Le dije que en ella no había anotado un título importante: el de soltero. Ella sonreía por todo.

   Cuando nos despedimos, yo estaba enamorado de Ana. Su voz, sus ojos, su risa me subyugaron. Era un misterio de mujer oculto tras un antifaz. No quiso descubrirse. Todo lo hacía del modo más apasionante.

   Le conté mi vida, mis sueños, mis ilusiones… Y le dije que me quedaba allí hasta conocerla sin disfraz. Sus ojos profundos, azules y grandes, como el cielo y como el mar, me miraban con arrobo. Parecían querer descubrirme algo que no podían.

   En un momento de arrebato, le confesé mi amor. Ella me entregó una foto pequeña. Era un Ángel, no había conocido una mujer tan hermosa en mi vida. Cuando levanté mi vista ya no estaba. Había desaparecido.

 

   Fue enseguida que salí a la calle. El aire fresco me hacía bien. Era todo nuevo y encantador. Mi corazón daba brincos de alegría. Vivía la aventura más apasionante de mi vida.

   Anduve despacio, rumiando paso a paso mi felicidad. Preguntando llegué a la casa número 3 de la calle de la Paz. Abrí la puerta. A la izquierda había una habitación abierta.    Era un despacho o sala de estar.

   Colgado de la pared había un retrato de Ana. El mismo que yo llevaba, pero más grande. Le dije “Buenos días” con el pensamiento: nos miramos largamente, ansiosamente. parecía hablarme como el día anterior.

   Una voz me sacó de mi arrobamiento. -¿Qué desea?-,oí a mi  espalda.

   -Venía a preguntar por Ana, respondí titubeante. La señora, de unos cuarenta y tantos años, miró el retrato de la pared. Luego respondió: Mi hija Ana ha muerto. Sus ojos se nublaron y parecieron perderse en el misterio insondable del más allá.

   Repuéstome que hube un tanto del estupor que me produjo la noticia, la miré fijamente y agregué:

   -¿Ha dicho usted que ha muerto?, y señalé su retrato de la habitación.

   -Si, hace cinco años.

   Aturdido di media vuelta y salí a la calle.

 

   Fue a los pocos días de llegar a casa, que recibí la noticia.

   Era una carta sin remite, con letra grande y clara. Había escrito: “Perdona la broma del Martes de Carnaval. Te di la foto de una amiga. También te di su dirección. No sé por qué lo hice, pero de verdad lo siento.

   Siempre la he llevado conmigo y quizás porque llevarás un recuerdo más grato de nuestro pueblo, te la entregué. Te recuerdo mucho. Eduvigis”.

   Todo quedaba claro, pero no me dejaba satisfecho. De Ana por la foto conocía su cuerpo; de Eduvigis por la voz conocía su espíritu. Cuerpo y alma de dos seres distintos.

   A la primera no la conocí, ni la vería jamás. A la segunda no la había visto nunca. Era complejo el estado de mi espíritu. La carta de Eduvigis invitándome a las fiestas de Jumilla, despierta en mi recuerdos singulares de mi vida.

                                          Francisco Tomás Ortuño    

   

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