Recuerdos del tren 2.

12 Mayo 2024: San Pancracio

   Murcia, domingo, temprano, sin novedad. Elecciones en Cataluña, mañana te cuento.

   En Eurovisión quedó España la 22 de veinticinco participantes, siendo Suecia la ganadora.

   Hoy sigo con mis Recuerdos del tren:

 

   Aparte estos viajes a Alicante, yo no conocí otro tren que el nuestro. El paseo de la estación unía la Estación con el Jardín del Rey don Pedro. La gente, los domingos, llegaba hasta allí tomando el sol. De paso, veía la Caldera, la Campana, el Reloj, la Sala de viajeros…

   Algunos, seguíamos vía adelante. Era un paseo encantador.    Pasábamos el Paseo de la Asunción, con enormes madroñales, llegábamos al Casón -que decían se comunicaba con el Castillo-, dejábamos a la izquierda el Apeadero, con sus flores reventonas siempre en la puerta.

   Cruzábamos el Puente de Hierro, por donde pasaba un Río cuando llovía, y llegábamos a la Estacada. A la ida o a la vuelta pasaba el tren, que se perdía a lo lejos en el horizonte.

 

   De niños, jugábamos a la pelota en la calle. Eran pelotas de trapo, que fabricábamos nosotros mismos. Algunas eran pura fantasía, formando una red por fuera con hilo bramante. La pelota de goma era mucho lujo. No digamos un balón de cuero como el de los futbolistas profesionales.

   En la calle del Calvario donde jugábamos, vivía don Álvaro. Don Álvaro era abogado. Cuando le veíamos venir por la esquina parábamos el juego hasta que entraba en su casa. Y es que una vez nos quitó la pelota y se la llevó.

¡Que viene don Álvaro!

Un día se detuvo donde jugábamos y se nos queda mirando. Nosotros retrocedimos y esperamos lo peor. Pero no ocurrió nada. “Os compro una pelota si os vais a jugar a otra parte”, nos dijo.

Otro día se detuvo también. Pienso que buscaba nuestra amistad.

Nos contó, no sé si a cuento de sus viajes o sin venir a cuento, historias de trenes, que escuchamos embobados. “Hubo trenes a vela movidos por el viento”.

No sabíamos si era verdad lo que decía o si estaba bromeando. “El tren más largo que ha existido media seis kilómetros”.

Eso no puede ser, don Álvaro, le dijimos.

“En Madrid hay una estación por la que pasan dos millones de pasajeros cada día”.

¡Hala, don Álvaro, eso sí que no puede ser”.

 

   A instancias de don Álvaro fuimos a jugar a la estación, junto a la caldera: Nuestro nuevo estadio se trasladó allí.

Era de tierra, claro, como la calle, pero espacioso y alejado de vecinos.

 

Un día caí al suelo y me hice daño en un brazo. Mis padres me llevaron al médico y éste me puso una escayola del codo a la muñeca.

El barbero de la esquina, Salvadillo, me preguntó a los pocos días: “¿Qué te pasa en el brazo? “Jugando a la pelota me caí”

¿Te duele?

¡Qué va!, dije moviendo la mano con tal soltura que se sorprendió.

Tú no tienes nada. ¿Quieres que te la quite?

   Con unas tijeras de podar fue cortando el yeso hasta que dejó libre el brazo. Aquel día fui el héroe de la pandilla.


Continuará      


Francisco Tomás Ortuño

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