A cántaros.
14 Junio 2024: Sta. Micaela
Murcia, viernes, temprano y sin novedad. Sin novedad personal, que fuera hay mucho que cortar o que contar. Ha llovido tanto que en muchos pueblos se subía la gente a los tejados si estaban en la casa o veían que el agua se llevaba el coche o se inundaba si estaban circulando.
En Murcia nadie recordaba caer tanta agua en tan poco tiempo. Yo no puedo contarlo porque Miguel comió con nosotros, Lina con unas amigas celebrando un Santo y yo dormía la siesta.
Pero cuentan que fueron momentos terroríficos. Yo llegué a ver por el balcón sacar cubos de las casas con agua y objetos que iban a los contenedores.
Y del Gobierno se juntó la lluvia con las Elecciones: Sacó más votos el PP y el PSOE no quiere irse. Feijoo cree que va a la Moncloa y oye a Pedro Sánchez que dice: “Los que no han votado, un 50%, me podían votar a mí, así que sigamos como estamos hasta dentro de tres años que habrá nuevas elecciones”.
TE CONTARÉ DE MIS RECUERDOS DE SIGLO xx
7 julio 1993.- Otro San Fermín, otra fiesta Navarra. Los amantes de las fiestas podrían saltar de una en otra sin salir de nuestra piel de toro: ahora en Valencia, ahora en Alicante, en Sevilla, en Pamplona...
¿Qué pueblo no celebra la suya? Sería cuestión de llevar una lista y a festejar Santos. ¿Habrá un libro que recoja estas celebraciones? Te brindo la idea, viajero empedernido, de indagar en cada lugar cuándo se celebran las fiestas locales: unos celebrarán la fiesta del Vino, otros la fiesta de Moros y Cristianos, aquí una feria, allí otras, allá las Fallas, acullá los Encierros.
¡Qué diversidad de costumbres escondidas a la gran mayoría de los propios españoles! ¿Qué digo? ¿No hay fiestas que desconocen los propios de la tierra? En cada región hay muchos pueblos. Seguro que pocos conocen cuándo se celebran las fiestas en cada uno de ellos, ni qué celebran, ni cómo. ¿Qué decir de los pueblos de otras regiones?
Hoy es el día grande de los navarros. A las ocho. pegan el chupinazo y sueltan los toros, que corren por las calles hasta llegar a la plaza.
Los mozos corren detrás, delante o en medio, con el consiguiente alboroto y las cogidas inevitables. “No es buen año, dicen, si no hay algún percance de cuidado”.
¿Y quién viene a pagar la fiesta? Pues suelen ser los turistas, que creen que es una broma, hasta que ven que los toros son de verdad y que los cuernos no son de cartón.
Ya esta mañana decía la crónica de la carrera que había un herido grave, cogido en Santo domingo, y precisamente extranjero. Me imagino que el buen degustador de fiestas no podrá asistir a la mayoría de las que diariamente se celebren en todo el Mundo.
Tendrá que, como el mejor Gourmet, conformarse con una pequeña muestra y deplorar no poder asistir a las demás. ¡Cómo sería ese volumen que contuviera todas las fiestas de todos los pueblos del mundo!
Si á la enumeración de las fiestas se añadiera el por qué, el cómo y el origen, amén de ciertas particularidades o peculiaridades de cada una de ellas, el libro sería como el diccionario Espasa.
¿A quién no le gustaría saber qué fiestas hay el uno de enero de cada año? ¿El dos? ¿El tres? ¿El cuatro? ¿El 20 de febrero? ¿El 14 de abril? y así todo el año. Se conocerían pueblos que no se conocen, costumbres que se ignoran, pasajes desconocidos, etcétera, etcétera.
Las fiestas son algo así como el alma de los pueblos. No se ve otro día de trabajo, como piensa o siente, mejor que en sus descansos y en sus desahogos festeros. ¿Son todos los hombres igual aquí que allá, cuando se siente libre y retoza en la plaza con música y alcohol? Curiosidades sin cuento se sabrían con ese compendio que hablara de cómo se vive las fiestas en todos y en cada uno de los lugares del globo.
Cómo cambia el ser humano en las fiestas. Si un extraterrestre, es un decir, aterrizará justo en la fiesta grande de una ciudad, la impresión sería muy otra que si lo hacía en un día laboral.
Iría contando a sus coterráneos que en el planeta Tierra sus habitantes saltan como burbujas de champán y que todos gritan y se mueven como enloquecidos. No sería, claro, una visión correcta ni un juicio acertado. La fiesta no es el estado natural de los humanos, como no lo es la lluvia en el desierto.
No cabe duda de que el hombre es un animal raro. Su inconformismo raya en la locura. ¿De cuándo acá tiene este afán de poseer más de lo que necesita?
Quizás -podría ser- de cuando cazaba y no sabía dónde ni cuándo poseería otra pieza. Es demencial que hoy, cuando tenemos lo necesario queremos tener más, aun a costa de los otros, aun a sabiendas de que los otros se mueran por no tener el mismo el mínimo para subsistir.
Anoche, en un programa que dirige Mercedes Milá Y que se titula “Queremos saber”, vimos a un señor que lleva meses en el paro, padre de familia, y que busca trabajo y no lo encuentra.
Su situación, por tanto, de absoluta necesidad. A un lado estaba el cantante Miguel Bosé, que afirmaba tener galas sin parar hasta septiembre u octubre, 50 o 60 actuaciones millonarias o multimillonarias.
¿Cómo no se le ocurre a este joven -la ocasión estaba a huevo como decimos con ciertas carambolas del billar- decirle: “Venga conmigo, ¿que yo le daré trabajo”? ¿Para qué tanto dinero en unos y en otros tan poco? ¿Es justo o humano?
Creo que las personas estamos fomentando con la riqueza la locura del siglo: Tú te mueres si quieres que yo lo que tengo lo quiero para enterrar y que se pudra. Esa es la filosofía que se desprende de la actuación de la mayoría de las personas.
He derivado un tanto mi pensamiento inicial. Quería decir cuando empecé a escribir este párrafo que quién puede tener más que yo en este momento disponiendo de una terraza magnífica, de este sillón y de este fresco que me brinda la tarde sin cobrarme nada.
En las grandes ciudades y en las pequeñas, en los pueblos y aldeas, en el campo y en el monte, hay lugares de todos, no acotados por la propiedad privada. Estos lugares, playa, monte, parque, jardín, calle, banco, a los que yo me refiero, ¿cómo no pensamos más en lo que tenemos disponiendo de semejantes riquezas?
Si quiero pasear, nadie ni nada me lo impide; si quiero bañarme, ahí está el mar; si descansar y leer, el banco generoso del jardín o esta terraza.
Somos ricos de mucho y nos quejamos de pobreza. Con qué poco podemos sobrevivir y cuánta avaricia por alcanzar lo que no nos va a hacer falta.
¿De dónde este deseo de atesorar aún a costa de dejar al prójimo sin lo indispensable? En este momento me siento rico y feliz disponiendo solo de un trozo de terraza, de un sillón, de unos libros y de un cielo azul para contemplar.
Quién pudiera transmitir a los demás mis sentimientos para lograr otra forma de vivir en la playa. He visto a muchos negros, todos altos, unos muy negros, otros menos.
Sus ojos tristes resaltan sobre el resto de la blancura de su esclerótica. ¿De dónde proceden estos negros? ¿Son de Etiopía, de Tanzania de Sudán? ¿Son keniatas, congoleños, guineanos?
¿De dónde son estos negros? Todos venden collares, relojes, gafas, pendientes… Llevan como un escaparate encima. Su paso es lento, pausado, cansino.
Pasan y miran tristemente. Yo no he visto a nadie que les compre nada. Su mercancía la ofrecen a los bañistas de la playa, y pienso que allí la gente no lleva dinero encima para comprar.
¿Venden algo estos hombres de color o solo pasean como coches achacosos su mercancía? ¿Yo quisiera creer que todos venden algo, pero jamás he visto que nadie les compre nada?
La playa esta mañana estaba llena de negros, vendedores de collares, de correas, de colgantes, de pulseras. Es algo que salta a la vista y a lo que terminas por acostumbrarte.
Gente tostándose al sol, acostados en la arena, y puntos negros que van y vienen cada vez en mayor número entre ellos con su cargamento a cuestas sin hablar con nadie.
Francisco Tomás Ortuño.
PROBLEMA:
Sofía y Fran, como la mayoría de los niños, suelen ser muy exigentes. Solo les gustan ciertas cosas. ¿Puedes saber por qué les gusta lo que les gusta a partir de las siguientes pistas?:
- Les gustan las batas, pero no el pijama.
- Les gusta la leche, pero no los batidos.
- Les gusta cantar, pero no silbar.
- Les gusta saltar, pero no correr.
- Les gusta las lentejas, pero no el arroz.
¡Animo, valientes! Premio 5 euros al primero que me lo diga y dos euros al segundo.
El abuelo.
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