Coimbra.
30 Junio 2024: San Marcial 182 días pdos, 184 por pasar.
Murcia, domingo, temprano, día de viaje a Santana. Sin novedad. Nueva singladura. Vamos Francis, Lina, mamá y yo.
Cuento del 27 de julio del año 1993:
Escribo en el estudio. La radio desde el comedor me obsequia con sevillanas. ¿Qué tienen las sevillanas, que alegran el corazón así?
Un coche sube. ¿Será Miguel, que bajó al pueblo con mamá? Negativo, que diría la máquina. El cielo está nublado, como de lluvia. ¿Habrá milagro?
Por Santiago suele llover. La riada de 1913, cuando Micaela se ató a una olivera, fue por Santiago. Hace unos años a medianoche, la granizada fue por Santiago también.
Los frailes por la tarde sacaron a la Abuela de rogativas por el monte, y por la noche hubo tal tormenta que tuvieron que decirle al día siguiente:
¡Abuela, te has pasado! Te pedíamos agua, pero no piedra; esta vieja, Abuela y no entiendes lo que te pedimos. “En castigo vas a estar una semana mirando a la pared”.
Y la pusieron en un rincón, fuera de miradas furibundas que entraban al convento a pedirle explicaciones. Hoy el tiempo ha cambiado, del sol de ayer hemos pasado al nublado de hoy.
¿Habrá milagro? No creo que la Abuela esté de humor. ¿O querrá que la dejen en paz? Porque ayer la sacaron en procesión, por eso de su Santo, y creo que la gente le cantaba sin cesar.
¿Será una forma de decirnos que la dejemos tranquila?
Sobre las siete poco más o menos, cuando Lina y mamá subieron con el coche al monasterio, tocado con mi gorra y apoyado en el bastón que nos legó el abuelo Amos, emprendí la marcha bordeando el Everest rosquillero que se remata con una tosca Cruz.
Encontré unas piedras colosales que me apercibieron de que estaba cerca del lugar. Ascendí con sigilo y algo me anunciaba que pisaba tierra Ibérica, piedras prerromanas, restos de cerámica anteriores a Jesucristo.
Los trozos de vasijas ibéricos son inconfundibles y ¡oh sorpresa! cerca vi también hileras de piedras milenarias formando habitaciones donde ¿quién sabe? vivieron antepasados nuestros de hace más de 10000 años.
Pisando estos lugares se siente devoción y respeto por la historia. Santa profesión la del arqueólogo, que con paciencia rescata poblados milenarios y descubre por sus objetos la cultura y las costumbres de sus moradores.
Yo, ayer, a la vista de semejante pasado, semejantes paredes de piedra, hubiera corrido a buscar un equipo de profesionales arqueológicos, y, de haber podido, le hubiera asegurado una subvención por meses de trabajo anticipado, para que fueran allí a cuidar y defender los misterios que deben guardar aquellos ingentes montones de piedra.
La historia de la humanidad tenemos que conocerlo así, rescatando aquí y allá poblamientos y enseres que utilizaron, comparando estratos históricos y ahondando en el tiempo hasta donde sea posible.
¿No servirá a hipotéticos arqueólogos del futuro conocer cómo se construye hoy y qué material se utiliza? Pues lo mismo. Hay rasgos comunes del pasado que permiten saber de qué época histórica se trata.
Piedras talladas, arcos, flechas, cerámica, pinturas rupestres, hierro forjado, ajuares de tumbas, etc. permiten conocer la vida y costumbres de los que vivieron en el planeta antes que nosotros.
Y esa es la labor de los arqueólogos: rastrear el paso del hombre por la tierra para recomponer científicamente su historia.
Supón que encuentras un trozo de vasija, cerca otro que por el dibujo y contorno corresponde a la misma, luego otro y otro, van recomponiendo la vasija: aquí la boca, aquí la panza, el cuello, la base…
Casi la tienes completa con trozos encontrados. Si faltan piezas sabes que deben estar allí. O hasta te las imaginas sin miedo a equivocarte.
Quizás un día encuentras otro trozo que has buscado largamente. Así es la historia en su unidad. Tenemos que ir descubriendo partes y más partes.
Es más compleja la vida de la humanidad que la vasija del ejemplo, pero es lo mismo. Unos periodos llevan a otros, unos instrumentos a otros.
La gran gloria del hombre sería poder ofrecer la historia toda de la humanidad desde su origen hasta nuestros días. Y en ello están los incansables arqueólogos, como Cherlo Home con su lupa buscando indicios.
Francisco Tomás Ortuño.
Comentarios
Publicar un comentario