Enjaulado.
10 Junio 2024: 162 – 204
Murcia, lunes, temprano, sin novedad. Del periódico con mi firma:
REVELACIÓN
Mi amigo no era el mismo. Desde que lo vi después de algunos años, comprendí que mi amigo estaba visiblemente cambiado. No le dije nada, pero sentí profunda pena.
Un dolor inexplicable de estar con mi amigo del alma, mi amigo de siempre, mi amigo de la infancia, y sentir que no era aquel muchacho alegre, vivo, que yo conociera.
Algo en unos años lo había transformado. Su risa apagada, sus decisiones imprecisas, su mirada recelosa me decían que había perdido al amigo decidido, locuaz y alegre que tuve antes.
Mi amigo había muerto, entonces, concluí. Y era una lástima que aquel amigo, aunque solo fuera en el recuerdo, se perdiera. Porque, te lo diré: me sirvió muchas veces de modelo. En circunstancias comprometidas de la vida, en momentos decisorios, graves, me decía a mí mismo: “¿Tú qué harías, amigo mío?”.
Y enseguida lo veía actuar sereno, sonriente, sin vacilaciones, y su actitud era para mí definitiva, única. Era, ¿cómo te lo diría?, era mi mentor, mi norma.
Por eso, me comprenderás si te digo que hubiera deseado mil veces no encontrarlo jamás en esas circunstancias. Mi amigo conservaba sus facciones, parte de él, pero no era el mismo.
¿O acaso la imagen que yo tenía la había divinizado?, ¿la había inventado?, ¿era un amigo distinto al verdadero, que mi mente había creado?, ¿que mi subconsciente había inventado?
Lo pensé seriamente, pero la conclusión fue negativa. Quise estudiarlo, conocer el porqué de su cambio, volvimos a salir juntos, a discutir, a reír y a jugar.
De vez en cuando sentía la enorme dicha de vislumbrar en su gesto, en sus ojos, al amigo perdido. ¿Estaba en mí su curación? Hasta que lo descubrí. Tan sencillo como el huevo de Colón.
¿Cómo no lo había pensado antes? Sentí una pena profunda por mi buen amigo, sentí lástima, sentí rabia, mejor. Fue una mañana que íbamos a salir de caza, nuestro deporte favorito.
Con qué ilusión hablamos de las escopetas y de las piezas que cogeríamos. Pero llegué a su casa y vi el gesto de su señora negando que saliera, prohibiendo que se fuera.
No hubo más palabras, pero todo estaba claro. Su gesto fue para mí una revelación. Mi amigo no tuvo suerte al casarse. Era su mujer de esta clase de mujeres que la historia ha bautizado con el nombre de mujeres bravas.
Francisco Tomás Ortuño.
Comentarios
Publicar un comentario