La protesta.

23 Junio 2024: San Ediltrude A mi querida nieta Isabel Tomás Muñoz, que va con el siglo, como Raquel.

   Murcia, domingo, temprano, sin novedad en la casa, que fuera…

   LA PROTESTA

   Pedir se puso de moda. Y se pedía gritando. Gritar estuvo de moda. Pedir y gritar llegaron a ser la misma cosa. Hoy se pedía trabajar menos, mañana ganar más y pasado pagar menos.

   Los gritos llegaron arriba, eran ensordecedores. El aire estaba contaminado de peticiones y de ruidos. Era un ambiente pesado, cargado, que amenazaba triturar los nervios más serenos.

   En una empresa, donde había muchos hombres trabajando, obreros de todas clases, raro era el día que no había gritos, peticiones, protestas, sobre todo protestas.

   Se protestaba por todo. Si les concedían trabajar 6 horas cada día, protestaban; si les doblaban el sueldo, protestaban; si les daban un traje semanal para el trabajo, protestaban.

   Si les pedían ser puntuales, protestaban; si les daban una hora de descanso a media mañana, protestaban. Por todo protestaban.

   Un día fui a esta fábrica y cambié impresiones con el capataz. Era este un señor fuerte, activo, templado, pero lo que más me llamó la atención fue su mirada inteligente y serena.

   Cuando hubimos hablado mucho me dijo: “No le des vueltas, la gente no protesta porque le suban el sueldo o dejen de subírselo, ni porque trabajen menos horas, ni porque quieran otras ventajas.

-Entonces… -repuse intrigado-, ¿Qué es lo que quieren?, ¿por qué se unen y gritan?

-Se sonrió débilmente y dijo en voz baja: “Por protestar, por gritar”.

-¿Por eso nada más? -contesté inseguro.    

-Mire usted, siguió hablando: la gente cuando no tiene problemas los busca; cuando tiene paz, busca la discordia; cuando no manda, quiere que otros no manden; cuando está abajo, quiere subir; cuando está arriba, quiere mantenerse a costa de lo que sea.

-Es así la naturaleza nuestra. Y estos hombres gritan porque están demasiado bien; porque no tienen preocupaciones serias, es un escape necesario a su vitalidad, a sus energías.

-Y, si me apura, son como niños, que buscan el azote para quedar sosegados. Dio media vuelta atendiendo una llamada y me dejó.

-No sin antes estrechar mi mano, con una sonrisa inteligente en su rostro. Quedé gratamente aturdido, y pensativo salí despacio.

-Un grupo de hombres pasó por mi lado alborotando: “¡Protestamos, protestamos!”. Al último le dije: “Oiga, ¿cuál es el motivo de su protesta?”.

-Se encogió de hombros, me miró sorprendido, y siguió coreando a los demás ¡Protestamos, protestamos! Abandoné la fábrica pensando en lo que había dicho el capataz.

-Tal vez seamos algo niños, que necesitamos un azote para quedar tranquilos.

                                 Francisco Tomás Ortuño.

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