Los maoríes.

 27 Junio 2024: Ntra. Sra. del Perpetuo Socorro.

   PIENSA: Solos podemos lograr muy poco; juntos podemos hacer mucho.  

   Murcia, jueves, temprano, sin novedad. Te cuento de hace tiempo, del siglo pasado, de cuando no tenía nietos.

   Por ejemplo, el día 24 de julio del año 1993 escribí lo siguiente en mi Diario:

 

   Sábado bonito, con el chalet cumpliendo como en sus buenos tiempos: sol, música, relax, cada cual en lo suyo. Yo, por mi parte, he descubierto un rincón delicioso dónde estar: el estudio, donde escribo estas letras.

   No sé por qué recuerdo a los maoríes ahora. El cerebro es sorpresivo y misterioso. Que lo dejas suelto, a su aire, y te traiga a los maoríes, no le encuentro explicación. Quizás el parecido con otra palabra que has escuchado.

   Y dale con los maoríes. Ya no veo la forma de quitármelos de encima si no es hablando de ellos. ¿Cuándo leí que era una raza que extinguir de Nueva Zelanda? No sé, hará tiempo, porque últimamente no me ocupo de pigmeos, bosquimanos, indios o tasmanios que me llevaron de cabeza en cierta ocasión.

   Recuerdo que pasó por mi cabeza hacer un estudio de pueblos primitivos y sus costumbres, como de religiones existentes, O que fueron en el tiempo.

   Cuando indagando vi que ese estudio ya existía, y que podía encontrar lo que buscaba reunido en cuadros sinópticos desistí de la idea. Con todo, llegué por mi cuenta, antes de mi desalentador hallazgo, a almacenar nombres de razas y de religiones para parar un tren.

   ¡Qué lástima! Cuando creía estar haciendo algo que sirviera a otros o que nadie supiera, topé con que era baldío mi esfuerzo. ¡Que desilusión! cuando me prometí a seguir con horas felices en libros y archivos de aquí de allá y ofrecer después orgulloso el fruto de muchas horas de búsqueda, tropecé con mi trabajo terminado, hecho por alguien que se me había adelantado.

   ¿Qué hacer yo entonces? O seguir como si no supiera que ya existía y compararlo luego, o abandonar. Pensé que esto era lo más sensato, pues será un esfuerzo vano que no serviría para mucho.

   Con todo, no dejaba de ser triste mi descubrimiento. Quizás de aquella época me quedara por algún resquicio de la mente o del cerebro el nombre de mauri que ahora se me ofrece sin avisar.

   Los maoríes son muy supersticiosos. Son rasgos que conservan de sus mayores en la sangre, y que difícilmente pueden superar o suprimir, aunque vivan en el siglo XX y se hayan mezclado con otros pueblos más civilizados.

   No hablan de ciertas cosas porque para ellos son “tapu”, que quiere decir tabú para nosotros. Romper hojas a un árbol, por ejemplo, trae desgracias según ellos.

   Lo que dice el “Colunga”, u hombre sabio, es sagrado, y lo siguen a rajatabla. Cuando hay una especie en peligro de extinción, como el kivi -ave única en Nueva Zelanda-, con cuyas plumas se adorna el jefe de la tribu, dicen que es tapu y nadie lo mata o maltrata.

   Aunque viven hoy como personas occidentales en su atuendo y trabajo, maoríes que trabajan en Wellington, la capital, creen a pies juntillas que si el Columbia declara tapu comer un marisco es que se van a morir comiéndolo.

  Tienen rasgos curiosos y peculiares estos hombres neozelandeses. Entre ellos destaca su caballerosidad. Se cuenta que cuando los invadieron los ingleses, en una batalla se quedaron los invasores sin municiones.

   Cuando se dieron cuenta del problema los maories, pararon la guerra y repartieron las suyas con el enemigo para seguir combatiendo.

   En cuanto a la religión, son tan tolerantes que se encuentran en la misma casa miembros de católicos, protestantes u otras creencias. Respetan a cada uno que dé culto a su Dios y a su manera.

   Cuando a principios de siglo llegaron misioneros a Nueva Zelanda, algunos maoríes estaban confundidos con las creencias que recibieron, unas de católicos, otras de protestantes.

   Ante la duda, el jefe de un pueblo lo resolvió así: trazó una raya de parte a parte dividiendo el pueblo en dos mitades y dijo: los de este lado católicos, los de este otro protestante.

   Su decisión se tomó tan al pie de la letra que aún hoy la siguen como cuando se implantó. Son tan orgullosos de sus mayores y de ellos mismos que en cierta ocasión hubo que curar a un enfermo.

   De una de las piernas se encargó un médico en el hospital; de la otra quiso hacerlo un curandero maorí: se cuenta que siempre estuvo luego más orgulloso de la pierna que curó el maorí que de la otra aun habiendo curado de las dos.

   Y hasta siendo después futbolista, cuando iba a chutar a gol los maoríes espectadores gritaban ¡” Con la del maorí, ¡con la del maorí!” porque creían que con esa pierna no fallaría.

   Bueno, ya he cumplido con la palabra mauri, veamos si ahora me deja en paz.

                                        Francisco Tomás Ortuño.

 

   VOCABULARIO:

   Aturullar: quedar sin saber qué hacer o qué decir.

   Eludir: evitar algo, como una obligación o dificultad, especialmente con astucia.

   Mitigar: hacer que disminuya la dificultad.

   Recabar: conseguir algo con peticiones o súplicas.

   Obcecar: hacer perder el juicio a una persona. 

  

  

 

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