Valencia en fallas.

 5 Junio 2024: San Bonifacio 157 días pasados – 209 sin pasar Mañana Luna Nueva

   Murcia, miércoles, temprano, sin novedad en casa.

   Te contaré las Fallas que tuvimos en Valencia el año 1991, cuando Ángel estudiaba allí la Carrera de Ingeniería de Caminos:

   DEDICADO A ÁNGEL PARA RECUERDO: 

   Escribo en la mesa de Ángel, en su piso de Valencia. Truenos y traca se suceden sin cesar. Se huele a pólvora. Lina y yo después de comer fuimos al parque -cauce seco del río- donde está Gulliver con rampas, toboganes y escaleras, para delicia de los críos.

   Críos y menos críos, como padres y abuelos que suben a lo más alto, como alpinistas profesionales. Lina y yo hemos subido también hasta arriba, ¿cómo no? entre gentes ansiosas de escalar. Luego, abajo, nos sentamos en la terraza de un bar y nos tomamos un bitter.

   Lo de hoy es ya el colmo de los colmos en la historia de aventuras angelinas. Su madre no podía figurarse lo que le aguardaba en Valencia.

   Y es que Ángel, como se verá a lo largo y ancho de este diario, unas veces por unas cosas y otras por otras, no acaba con las sorpresas.

   Con su madre sí acabará un día, porque ella es así y no entiende que se pueda ser de otro modo. Podría muy bien ser la protagonista de una versión del Quijote del siglo XX luchando contra los elementos.

   Ella no puede, pero luchará hasta el final. ¿Cómo es posible? -se dice- estando yo aquí. Esto no se hará. Pero sus fuerzas son limitadas. Es una lucha desigual e imposible.

   ¿Tú crees que una persona sola puede detener el curso de un río? Esa es la imagen más real que se me ofrece, si quiero comparar a mamá con el nuevo sistema de vida.

   No es malo, es distinto. ¿Se dará cuenta de esto mamá? Es, quizás, mejor pero diferente a los esquemas tradicionales, convencionales, de hace solo unos años.

   Los jóvenes tienen otros valores y no es justo querer que sean como los que nosotros tuvimos.

   Pero ¿qué ha pasado hoy con Ángel para semejante preámbulo?

   Pues que hemos llegado al piso que tiene alquilado y, como si no dijera nada, nos ha soltado: “Mi amiga Susi, de Vigo, se está duchando”. Vino el jueves a pasar aquí unos días conmigo y a conocer las fallas.

   ¿Cómo? ¿Quién es Susi? ¿Con quién ha venido? Mamá no digería la noticia. ¿Es verdad que estás solo con una amiga de Vigo?

   Sí, ¿qué tiene de particular?, respondió él.

   La tormenta se iba cociendo en los rincones cerebrales de mamá.

   Esta se va ahora mismo de esta casa -siguió hablando consigo misma. Pero ¿cómo es posible?, ¿habrase visto fresca semejante?       Cuando comimos llegó Miguel Ángel, compañero de piso, con otra amiga invitada también a pasar allí las fiestas falleras.

   Mamá no comprende que unas jóvenes vengan solas a pasar unos días con sus amigos en su casa. Es que no lo comprende por mucho que quiera, desborda sus esquemas mentales.

   Las 8:30 h de la mañana, en la habitación de Ángel, en la mesa de Ángel, con libros de Ángel a mi derecha y a mi izquierda, con ruidos de petardos por todos los rincones de la habitación, creo que se filtran por las paredes; ruidos próximos y lejanos, ruidos tenues y fuertes, prolongados y secos. Es justo como la guerra de las películas, o como el rumor de una noche de tormenta.

   Quita los relámpagos y quédate con el fragor de los truenos, que no cesan; eso es Valencia a estas horas de la mañana. A las 8 fue “la despertá”, con música sin fin de pasacalles, después, pues eso, un no cesar de tracas y petardos.

   Aparte los truenos, el cuadro que ofrece esta casa es singular, que merece ser dibujado para el recuerdo: Lina lee en el suelo, sentada a mi espalda; mamá recoge ropas en una silla; Ángel duerme en una cama y Miguel en un colchón.

   Miguel se acostó cuando lo hicimos nosotros -mamá, Lina y yo- después del fenomenal castillo de medianoche. Pero Ángel volvió con los amigos a las 7, lo que significa que acaba de acostarse.

   Fuera de la habitación hay silencio. En el comedor duermen con luz y petardos cuatro o cinco jóvenes. En una habitación lo hacen Miguel Ángel y la chica que vino con él. –“Es mi amiga, nos dijo en la presentación ayer, no os preocupéis por nosotros, dormiremos en mi habitación los dos”.       .

   Mamá luego organizó la cosa de otro modo sin contar con nadie -su lucha personal en solitario- y dijo a Susi: “Aquí en la habitación de Miguel Ángel, he puesto dos colchonetas para vosotras dos; ellos que duerman en el comedor”.

   Y temprano, como a las 5, salió a inspeccionar la casa a ver quién había y quién no había vuelto y volvió tan contenta diciendo: “las dos chicas duermen en la habitación, ellos no han vuelto todavía”.

   Pero luego, sobre las 7:00 h, vino Ángel con los amigos, y entre ellos, claro, Susi, de pasar su noche de fiesta valenciana.

   ¿No estabas acostada?

   Bueno el acostado era Miguel Ángel y con él su amiga en la otra colchoneta, no faltaría más. ¡Ay! mamá, la corriente es demasiado impetuosa.

   Los truenos siguen filtrándose por las paredes. Valencia es una traca.

   Para traca la de anoche en la Alameda: a los doce, qué gentíos sobre el puente, qué colorido de fuegos arriba, alguien lo dijo: “Parece la guerra del Golfo”, -pero qué distinto- pensé yo.

   Dicen que en las fallas valencianas hay más gente de fuera que de la propia capital; puede ser, anoche, ríos humanos como cuando van a un estadio de fútbol, esta gente llevaba sus bolsas de comida en la mano o comía bocadillos caminando.

   Eran sin duda gente de los pueblos cercanos. Lo mismo que ocurrirá en los Sanfermines de Pamplona, en los Isidros madrileños o en la feria de Sevilla.

   La noche de fuegos artificiales en la Alameda fue fenomenal. A la vuelta dijo Miguel que Marta Sánchez cantaba en un tablado junto al Palacio de la Música.

   Esta es, más o menos, la noche que hemos pasado. Un sainete con todos sus ingredientes cómicos y humanos. Ahora son las 9:00 h. Mamá hace ruido por la cocina.

   Por lo demás, todo lo mismo. Lina lee “El candor del padre Brown” de Chesterton. Detrás de mí, Miguel duerme, Ángel duerme, todos duermen. Silencio dentro, rumor de tormenta fuera.

                                         Francisco Tomás Ortuño.      

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