Casas hundidas.

23 Julio 2024: San Ezequiel

      Te cuento de mi tiempo del pasado siglo:

   6 agosto 1993. Ayer nos visitó Emiliano Hernández, Director del Museo Arqueológico de Jumilla. Venía acompañado de Paco Gil y un hijo de este.

   Con Miguel, fueron al lugar de los hallazgos ibéricos. A las dos horas, trajeron restos de vasijas, caras bien conservadas de pebeteros y trozos pintados de cerámica.

   Pero, después de 2500 años enterrados, ha sido Miguel, como Marcelino Sautuola, en 1879, lo fuera de la Cueva de Altamira. Porque es quien lo ha descubierto y dado a la luz.   

 

   27 de Agosto del 1993.- Hoy, viernes, con sol, pero con viento fresco, lo que significa que el verano se nos va, como otros años. Por ahora, el tiempo se torna variable, tornadizo, y acaba por echar a los veraneantes a sus casas, que cada cosa en su tiempo y uvas en habiendo.

   Hablando de uvas, ayer estuve en las ”casas hundidas”, cerca de Coímbra. Uvas no, porque aún están verdes, pero una buena bolsa de higos y almendras sí que traje.

   El paseo que me di vale por todos los hijos. ¿Cuántos años seguiré yendo a las casas hundidas? No lo sé. Hay higueras y almendros. Ambos abandonados a su suerte, que me dan cada año un día de placer con su visita.

   El lugar es agreste por demás. Se siente uno solo entre montañas y es fácil imaginar que es el único habitante del planeta. Yo apostaría cualquier cosa a que nadie ha pasado por allí desde el año pasado que hice mi anterior visita.

   Hay varias higueras de higos menudos, pajareros, y una higuera de higos blancos. Llegar a los dulcísimos y garridos higos blancos cuesta lo suyo, porque debajo de la higuera hay una alfombra y no precisamente de algodón, sino de cardos borriqueros punzantes, que se clavan como cilicios.

   ¿Será una prueba? ¿Será un símbolo de que lo que vale cuesta alcanzarlo? No sé. Allí está la higuera como cada año, desafiante, en su repecho, junto a unas cañas, protegida por un foso de lanzas dispuestas a atacar.

   Yo, que me conozco sus artimañas, le presenté batalla, y con decisión y arrojo alcancé como era mi propósito, sus almibaradas perlas.

   Aparte las higueras, hay almendros. Unos de almendra dulce, otros de almendra amarga. Hay que distinguirlos o simplemente probar su fruto antes de cargar.

   La almendra que ha estallado y deja ver su cáscara color de miel sobre el verde de la vaina, ya está para coger. No hay más  en el lugar, que otro tiempo, sin duda, estuvo habitado y prueba evidente son las cuevas casi hundidas que quedan.

   Una de estas cuevas tiene aún puerta, dos habitaciones a los lados, y un horno de cocer pan enfrente. Es peligroso hoy permanecer dentro, por el peligro de hundimiento que existe.

   Los techos están curvados y las paredes con grietas. La otra cueva con obra de piedra en su frente es un solar descubierto con montones informes de piedra y maderos.

   Por fin llegó la esperada pala. Un monstruo de pala que sube el monte como si estuviera llano y se carga una tonelada de tierra como plumas de gallina.

   Bajó la piedra, subió la tierra, y trajo grava de abajo. Los albañiles -léase mamá, José Mari y Ángel- seguirán con la pared que iniciaron en el camino de las cocheras.

   Pero ¿es posible hablar de pala sin nombrar a la mamá? Hoy, con todo el pesar de su corazón, ha tenido que estar ausente de esta singular faena. Ha tenido que ir a Yecla con la yaya Isabel a que le hagan radiografías en la rodilla.

                                         Francisco Tomás Ortuño 

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