San Enrique.

13 Julio 2024: San Enrique

   Santana, sábado, sin novedad. Dice Lina que hoy no vamos a llegar a los 30 grados. Que así sea. Te cuento de mi Diario:

 

   10 Agosto 1993

 

   Lina bajó al pueblo con mamá. Miguel se baña en la piscina con su amigo Guillermo. José Mari cortó a las doce y se bajó al pueblo. Los demás en su sitio. El verano transcurre silencioso y confiado.

   Cuando pasen las fiestas feriales, todo cambiará. Nos invadirá el temor de que algo definitivo se acerca. Como con la propia vida. Diría que hasta los sesenta no se piensa que la vida tiene fin; después… las sombras se filtran por los poros de nuestro cuerpo y llegan al alma con fríos polares.

   Hasta mí llega el ruido de un avión. Los pasajeros, como en una alfombra mágica de las Mil y una noches, vuelan por el espacio.

   ¡Quien hubiera pensado hace solo unos años que volaríamos así: por encima de todo, por el infinito, por el puro cielo, ¡por la región e la estrellas!

   ¿Quién hubiera dicho que volaríamos como los pájaros? Ahora aquí y luego de un salto allá. A cientos o miles de kilómetros, sobrevolando playas, pueblos y montañas. Como una alfombra de los cuentos orientales.

  

  ¿Pero no es la propia Tierra una alfombra que nos lleva de viaje por el universo? Con el avión sabemos de dónde a dónde vamos. Con la Tierra solo damos vueltas de noria en un circuito harto conocido que ya encontramos cuando nacimos.

   La diferencia es obvia: cuando obramos por nosotros somos libres de elegir nuestro destino. Monto en Alicante y bajo en Budapest (hola, Ángel) y también somos libres de equivocarnos.

   Pero en el caso de ser llevados sin elección posible, a la “trágala” que decía la yaya Lina, no se nos puede exigir responsabilidades. Nacimos montados en un Planeta supersónico de dimensiones colosales.

   Monotonía sería la palabra para expresar el vuelo si no hubieramos nosotros ideado nuestros vuelos particulares.

   Llegan mamá y Lina. Miguel juega al billar con su amigo de la infancia. Mamá me llama. Hasta pronto.

                                 Francisco Tomás Ortuño.        

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