Sin novedad.
21 Julio 2024: San Lorenzo de Brindis
Santana, domingo, las diez menos cuarto desayunados y sin novedad. Del siglo pasado:
23 Agosto 1993. Hoy los termómetros se van a disparar. Se ve venir. Son las diez de la mañana y no se puede estar fuera de casa. Es la cantinela de todos los años por estas fechas. Quizás los coletazos del verano.
Pronto vendrán vientos, ráfagas de lluvia y frío. La eterna canción. “C´est enervant à la fin”, diría un francés castizo. Y es que el año se repite con sus contadas estaciones, como si fuera un tiovivo.
Primavera, Verano, Otoño, Invierno. Calma, lluvia, viento, frío. Una y mil veces lo mismo. Nuestros antepasados de las cavernas ya pasarían por lo mismo.
El escenario es el mismo antes y ahora: una primavera reventona, parturienta, anunciadora de vida; un verano satisfecho, jovial, exultante; un otoño amarillo, decadente, triste; un invierno inanimado, blanco, exangüe.
El hombre cambia lo mismo en el transcurso de su existencia. ¿Tú has probado a ver fotografías de una persona de año en año? Es algo así como ver una película a cámara rápida.
Ves como crece con prontitud, con celeridad diabólica, observando los cambios que de año en año se operan en el cuerpo. Aquí lampiño, aquí con barba, aquí calvo. En este de piel tersa y en aquel de piel arrugada.
Es interesante ver cómo se transforma el individuo, viendo estas fotos distanciadas un año unas de otras. Cuando hay cuarenta, cincuenta, sesenta o más, ves desfilar una vida a grandes zancadas, pero suficientes para reparar en los cambios corporales habidos desde la cuna.
Y si tal cambio se da en el físico, ¿qué ocurrirá con la parte espiritual? ¿Se mantiene estable, inconmovible, inalterable? ¿Es igual el pensamiento a los quince que a los cuarenta años?
¿Cómo cambia, en qué medida y cómo se detecta el cambio? Creo que un diario pertinaz, constante, muy duradero, serviría para hacer la prueba. Las ilusiones de los 20 quedarían reflejadas en el papel, de la misma forma que los desengaños de los 50.
Siendo la misma persona, ¿cómo iba a sentir, amar, desear, esperar, querer, de la misma manera y con igual intensidad? Sería interesante la prueba.
Un buen diario reflejaría incontables curiosidades de su autor, para quien lo leyera con interés. No solo apreciaría en él esa constante metamorfosis emocional y sentimental, sino que reflejaría la euforia juvenil o la astenia de la senectud.
Francisco Amos se va a Madrid con unos compañeros a un Curso de Órgano, que dura una semana. Con Francis se ha ido Ángel. El viaje de Ángel es distinto. Ángel no va a Madrid, aunque bien que le gustaría, según dice,
Igual va, que Ángel es de ideas rápidas e imprevistas. El viaje de Ángel esta vez es para acompañar a un paralítico en el Esparragal durante 15 días.
Si cristaliza la idea, te la cuento luego. Esto es un esbozo de otra salida Angelina, que tanto desconciertan y apabullan a su madre.
Miguel estudia firme en su cuarto. A los días y las noches orgiásticas de la feria con los amigos del alma, tiene que seguir horas de encierro, si quiere quedar bien en septiembre.
Miguel es tan responsable que sabe estar en cada momento en lo que debe y el tiempo justo; ahora toca dormir en el transformador de la luz pues se duerme en el transformador; ahora toca no dormir, pues no se duerme.
Que hay que estudiar 10 horas sin descansar, pues estudia 10 horas seguidas. Así es Miguel, por lo que se hace acreedor a los elogios más encendidos y fervorosos de la historia.
Lina ha bajado al pueblo ella sola con el coche. No es la primera vez, pero sí de las primeras. Lina sin alharacas ni remilgos, hace lo que debe en todo momento.
Temprano, tras el desayuno, nos leyó la lectura del día a mamá, a Pascuala Ortega y a mí. Hablaba de la humildad. Cómo goza Lina con su lectura. Creo que es uno de los mejores momentos que tiene durante el día.
Mamá y su amiga Pascuala hablan por la cocina. Preparan, sin duda, la comida del mediodía. Antes hablaban por el estudio. Van de acá para allá sin dejar de hablar.
¿De qué hablan? Seguro que cada una cuenta a la otra sucesos de su vida: boda del hijo, una; enfermedad de la madre, otra, o cosas así.
Se entienden a la perfección y lo pasan bien. Son dos almas gemelas estas Pascualas.
Francisco Tomás Ortuño.
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