Y no hallé cosa en que poner los ojos.
2 Agosto 2024
Santana, temprano, mucho calor, viernes otra vez,
Sin novedad. Lina se va una temporada a celebrar sus vacaciones, a Valencia, como otros años. Vendrán sus hermanos a lo mismo y a bañarse, que la piscina quiere compañía y nosotros también.
De mi Diario del siglo pasado:
8 septiembre 1993.- He dado una vuelta por Jumilla. No, no por hacer kilómetros sin más, no por pasear calles y saludarlas, que siempre sería loable y encantador, sino por la comisión de turno: llevar al Centro de Salud papeles de la Yaya, volver a la calle la Labor, 14; llevar unas acuarelas a la tía Fulgencia, otras a la tía Piedad, regresar al monte Santanero, etc.
He visto, desde mi particular atalaya, a personas que hacía tiempo no veía. El desplome en las personas de edad es pavoroso. Tú ves un edificio. A la vuelta de unos años lo ves de nuevo y es un montón informe de escombros o cuando más un edificio agrietado en peligro de hundimiento.
Pues algo así ocurre con las personas. Cuando pasan de 60 o quizás antes, el deterioro es palmario. He visto a Fernando maestro, su andar es lento, su espalda curva, su mirada huida. ”Nací en 1910, el día de San Fernando; tengo por tanto 83 años”.
Ay, Señor, la cuesta de los ochenta debe ser muy mala, ya lo decía el abuelo. He visto a Medina, el sastre, apoyado en un bastón y con paso vacilante. Me ha dicho que Domingo está en la UVI luchando con la muerte. “Y no hallé cosa en que poner los ojos”… me viene a la memoria aquellos versos de Quevedo, que tan bién cuadran hoy con mi pensamiento. ¿Y Rosario Jiménez, nuestra profesora de música cuando estudiábamos magisterio? Y,y,y… El paso del tiempo es implacable con las personas.
Escribo en el comedor. A mi izquierda los dos relojes diminutos de péndulo, el perro y el Búho, marchan acompasados. El ruido que producen es fuerte, seguro y armónico.
Mamá pinta en el estudio. Si yo pudiera detener el curso de la vida igual que puedo detener mis relojes. ¿Por qué no se inventa un aparato que permita parar o acelerar el tiempo?
¿Poder parar a voluntad mi vida cuando lo paso bien o acelerarla en mis infortunios? De esta forma no tenían por qué los que nacieron juntos llevar cada toda su vida la misma marcha.
Yo tengo 40 (60 años en 1993) años. A lo mejor no lo había pensado y por eso no lo puso en práctica, pero creo que tendría sus ventajas. Ay, ya veo la risa maliciosa del Señor a mi propuesta.
¿No detendría todos los relojes y tiraría las llaves al fondo del mar para que nadie las encontrará? Aceptemos la vida como es y pensemos que es la mejor imaginable.
Pero, quién pudiera detener el curso del tiempo como se puede para un reloj.
Francisco Tomás Ortuño.
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