Economía doméstica. Cuentecillo.

22 septiembre 2024  San Emérito  266 - 100

   Murcia, domingo, sin novedad. Te cuento del ayer:

   19 de abril 1991.- Viernes otra vez, viernes siempre. La rueda se ha disparado. ¿Tú has visto esos relojes que marcan las décimas de segundo? La vista no puede leer los números que se suceden con endiablada rapidez.

   Así me pasa con los días de la semana: lunes, jueves, domingo, lunes, viernes… Todo queda superpuesto, borroso y veloz. En un cuento sobre el tren, decía yo que la tierra se veía desde la ventanilla sin forma, como si se agitara.

   Nuestra vista es lenta; tiene que mirar despacio para distinguir los objetos. Por lo visto con el tiempo es también algo miope, corta de vista, lenta, y confunde los días que pasan deprisa.

   ¿Será esto que digo cuando pasamos de los 50? Antes no recuerdo haber reparado en ello como ahora. ¿Es acaso qué conforme se avanza se teme más la llegada y parece que corre más?

   En los viajes largos no reparas en la marcha del vehículo hasta que falta poco para dejarlo? ¿Será todo uno y lo mismo? Cuando anhelas algo, parece que el reloj se detiene; cuando temes algo corre que vuela.

   Los primeros años deseas llegar y no corren; los últimos, temes seguir y vuelan. Si yo tuviera que representar la vida con una recta, la dividiría en segmentos de 15 años.

   El primero, ascendente, con el nombre de “Salida”. El segundo, de 15 a 30 años, ascendente pero menos. El tercero, horizontal, de 30 a 45 años, se llamaría techo.

   La cuarta etapa sería la franja de franco descenso, y se llamaría “Retorno”. El quinto segmento, de 60 a 75 años, de franca caída vertical, sería el “Desplome”. El siguiente, fuera de juego.

   Mamá pinta ilusionada las florecillas de la cama de Salvadora. Luego seguirá con las tablas de Adela, en finiquitando el lienzo de Pedro Flores. Quiero decir que es una máquina a todo gas.

   Francis, en vísperas; Pascual, con sus libros y el teléfono; un corazón repartido; Miguel, con su carné de conducir; Ángel, que vendrá esta noche; Lina con la carta de su amiga Emmanuel, y yo con mi Quijote.

   ¿Y la economía doméstica? Hay gastos desorbitados: pintores, más de 100.000 pesetas; puertas, más de 100.000 pesetas; carpinteros, más de 100.000 pesetas; matrícula de Ángel, 65.000; camisas y traje de Francis, más de 100.000; arreglo de terrazas, 50.000; y un largo etcétera.

   Y todo ello en un mismo mes. Muchos grifos abiertos en la casa.                                Francisco Tomás Ortuño.

 

   24 abril 1991.-  Mi amigo Antonio Carreón pasaría el domingo la peor noche de su vida. Una noche triste, que a nadie deseo. Su hijo, único hijo de 22 años, estudiante de Medicina, murió sin enfermedad.

   Se acostó bien y a las pocas horas luchaba a brazo partido con la torva y fiera parca. Por nadie pase. Poco alivio te podemos llevar, amigo Antonio, en tu calvario.

   ¡Como el Señor da estas pruebas a los mortales! ¿Qué pensará mi amigo? ¿Ahora seguirá aferrado a la Cruz como antes?

    

   CUENTECILLO:

   Ramiro no lo dijo a nadie, pero estaba cierto de que su presencia llevaba la desgracia a los que trataba. Era un ser maléfico sin pretenderlo; a nadie le pasaba por la cabeza.

   Si lo hubieran sabido, le hubieran huido como a la misma peste; le hubieran temido como a la enfermedad incurable; lo hubieran encerrado como apestado sin remisión.

   La vida de Ramiro estaba salpicada de desgracias por donde iba. Conocía a una persona y a los pocos días se enteraba de que misteriosamente había dejado de existir.

   Nadie sospechaba de él, ni él comprendía qué podía haber ocurrido, pero el hecho estaba allí y para desgracia suya se repetía con excesiva frecuencia.

   Ramiro sentía en su interior el malestar de una culpa que no le dejaba en paz. La historia se repetía en su vida. No sabía por qué, pero la muerte le acompañaba. No quería decirlo ni comentarlo con el mejor amigo.

   Su secreto lo llevaba encerrado en lo más íntimo, aunque le quemara. “¿Por qué?, ¿por qué?”, se preguntaba, pero no encontraba respuesta.

   -Te presento a Julián, un buen amigo.

   -Hola, Julián, ¿cómo estás? Y a los pocos días:

   -¿Sabes que Julián ha muerto?

   -No, ¿cómo dices?

   -Disfrutaba de tan buena salud, y mira.

   Ramiro piensa que ha podido ser él la causa de su muerte y siente escalofríos y angustia, porque no es la primera vez que le ocurre.

                                         Francisco Tomás Ortuño.       

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