San Agustín.
1 septiembre 2024 Ntra. Sra. de los Ángeles
Murcia, domingo, temprano y sin novedad. Te cuento:
11 noviembre 1993; Mamá, por las noches, dedica su tiempo a leer las Confesiones de San Agustín. ¡Cómo le encanta su lectura! ¡Y cómo quiere explicarnos lo que lee!
Mamá ha descubierto al Santo de Tagaste. ¡Leed, leed luego este capítulo de lo perjudiciales y contagiosas que son las malas compañías¡!Cómo quisiera mamá que Miguel leyera todos los libros de Santos que hay en la casa!
¡Porque lo dice por él, a ver si se le ocurre después, mirarlo siquiera! ¿Qué no daría mamá por ver a Miguel ir a Misa los domingos y confesar a menudo!
¡Qué no daría mamá por saber qué reza y que busca libros piadosos! ¿Se verá identificada con Santa Mónica? Porque San Agustín hasta bien mayor estuvo tan alejado de la Iglesia como antes San Pablo.
San Agustín por el año 374 -cuando contaba 20- estuvo por espacio de nueve años revolcándome en lo profundo del cieno, y aunque muchas veces procuró levantarme y salir del abismo: “Dame un día más”, decía -capítulo 11 del libro tercero.
Pero Agustín lucha y Agustín vence. Esto es lo que más cautiva a mamá. La lucha es connatural a la vida misma; lo importante es batallar y vencer.
Pero ¡cómo le gustaría ser otra Mónica para su Miguel! Yo no he conocido otro caso semejante. ¡Que afán por llevar almas al Señor! Mamá, por las noches, coge de su estante el libro de las Confesiones y lee.
Seguro que en sueños revive de alguna forma sus lecturas, tal vez subiendo de la mano de sus hijos, por un camino largo en el que se divisa al fondo una luz cegadora,
o hablando con Santa Mónica de la conversión de Agustín, o tal vez celebrando en el Reino de los justos alguna nueva conversión. ¡Quién sabe, quién sabe!
En este justo momento sonó el teléfono. Francisco Amós dijo que van a instalarle el órgano esta misma tarde. Bien llegado sea y que sirva para dar muchos y buenos conciertos.
Francisco Tomás Ortuño.
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