¡Se ha escapado un toro!
12 septiembre 2924 Ntra. Sra. de Estíbaliz
Murcia, jueves, temprano, s.n. Te cuento del siglo XX:
3 diciembre 1993.- Nos encontramos dentro del túnel vacacional, ¿qué nos deparará el agujero? El símil del túnel es imperfecto. El real no es oscuro, como pudiera sugerir el que cruza una montaña. Nuestro túnel es movido y alegre. Para empezar, un día soleado.
La salida y la vuelta de estas minivacaciones tienen su peligro: todos salen a la vez y luego todos vuelven el mismo día. Miles de coches nerviosos por llegar antes y luego miles de lo mismo por llegar los últimos.
¡Qué sé le va a hacer! ¡Atascos, nervios, tapones, accidentes! ¡Con lo fácil que resultaría ponerse de acuerdo y establecer unas normas!: matriculas de la A a la M, de 8 a 10; matrículas de la N a la Z, de 10 a 11, por ejemplo.
O números pares por la mañana, impares por la tarde, por ejemplo. O coches blancos y negros a las 9, coches de otro color a las 11, por ejemplo. ¿Qué más da salir una hora antes que una hora después? El caso será llegar y hacer un viaje cómodo.
En la Escuela de Idiomas, ayer se hizo un simulacro de incendio. En unos minutos no había nadie dentro. Pues lo mismo en las carreteras. Lo último es salir de estampida y sálvese quien pueda.
Desde un helicóptero será curioso ver la salida y la entrada de los coches en las ciudades. “¡Que se abren las compuertas!”. Todos a la vez, a codazo limpio, con insultos y mamporros si te descuidas.
Como en los campos de fútbol; Piii… y a la calle como borregos por callejones estrechos y puertas angostas. Mejor al revés, pero tú me entiendes.
En los cines o teatros, la voz de fuego es diabólica. El público, como empujado por un resorte, salta por encima de las butacas y corre por encima de lo que sea, en busca de la salida.
Es histeria colectiva, es trastorno, vesania, locura, es el instinto de conservación que aflora, nadie mira a nadie, nadie atiende a nadie, todos buscan ansiosos su propia salvación.
Y en esos atolondramientos caiga quien caiga por más que luego se sienta. He dicho en los cines como podía decir en otros lugares cerrados con gente dentro. El miedo es el mismo siempre y la reacción idéntica.
Nos contaba el abuelo que siendo pequeños nosotros, sus hijos, íbamos un domingo de paseo por San Agustín cuando de pronto gente venía corriendo en dirección contraria. “¡Un toro se ha escapado de la plaza!”, dijeron.
¿Te imaginas el susto! En la confusión uno de los cinco se extravió. ¡Qué locura! El pobre padre se dejó a los otros cuatro con la yaya y volvió gritando el nombre de su hijo extraviado.
No debió llegar a mucho más el incidente porque a ninguno nos cogió el toro, pero el hecho es que un grito y una turbamulta ciega es imparable.
No quiero comparar, pero los conductores de coches a la hora de salir o de entrar podían comportarse ya como adultos: no a más de 80, no adelantar, no a la misma hora, etcétera.
Saber que da lo mismo media hora antes que dos horas después. ¡Por Dios!, ¿qué droga es el coche a la hora de salir de vacaciones, qué hace enloquecer de tal manera? ¿Tú lo sabes? Yo quisiera saberlo.
Francisco Tomás Ortuño.
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