Velódromo.
8 Septiembre 2024 Natividad de la Virgen María 252 – 114
Murcia, domingo, temprano, feria, sin novedad en casa. Anoche cenamos en Guinea con Francis y su hija.
Te cuento de mi diario pasado:
25 noviembre 93.- Los relojes del comedor, como ciclistas en un velódromo, se pisan los talones. Yo los veo en su carrera y advierto que cada uno está pendiente de los otros para no ser alcanzado.
Sin decirse nada, todos luchan por llegar primero. ¿A dónde?, pregunto yo. ¿Tienen una meta los relojes? ¿Es la suya una carrera absurda, sin sentido? ¿Una carrera que no lleva a ninguna parte?
¡Cuántas carreras hay así, como esta de los relojes, que solo corren por correr! Los relojes del comedor, como caballos en un hipódromo, quieren ser cada cual el primero y se miran de reojo para no dejarse pasar.
El de Cuco hace más ruido; le sigue el de pesas doradas; luego el de Caja Murcia, con su termómetro abajo, y, por fin, el de escayola. Por este orden, cómo están colocados.
Se les escucha de más a menos, pero ninguno se detiene a descansar; para ellos sería perder la carrera. Y eso, justo eso, es lo que no están dispuestos a consentir.
Cada uno vigila a los demás sin decirse nada. Es su honor lo que está en juego. Cuatro corceles desbocados, cuatro ciclistas en un Tour, cuatro carreristas en los cien metros lisos.
Pero no valen mis comparaciones. Los relojes no tienen una meta. Su carrera es irracional, disparatada. Las cinco, las doce, las ocho. Tic, tac, tic, tac, tic, tac, y vuelta a empezar.
La una, las cuatro, las diez, como las mulas de una almazara haciendo girar grandes piedras cónicas de granito. Vueltas y más vueltas en el mismo redondel, sin escapar de su círculo.
Pobres relojes del comedor. ¿Habrán perdido el juicio sin esperanza de escapar de su pequeña cárcel? ¿Serán los pobres como esos enfermos terminales que ya no piensan?
No sé, pero siento lástima por ellos, que solo saben correr. Cuántas personas actúan también así, como ellos, que se levantan, comen, se acuestan y vuelven a empezar.
Otro día, un mes, un año, diez, cuarenta, cien, una vida monótona y triste sin encontrar un sentido a su carrera.
Francisco Tomás Ortuño.
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