Contra el destino no se puede luchar.

 10 Octubre 2024 Santo Tomás de Villanueva Luna: 15´52 a 0´41

   Murcia, jueves, temprano y sin novedad. El Gobierno quiere indultar a los etarras presos con la oposición de familiares y Partido Popular. Ya tienen de qué hablar. Yo, como no me hacen caso, hablaré de recuerdos:

   23 julio 1991.- La piscina nos pide acudir con ella. Pronto habremos de complacerla. Se sabe importante, admirada, requerida y cortejada.

   No permite estar sola, apartada de nosotros, mucho tiempo. Ahora uno, luego otro, después varios a la vez. Entonces se esponja, está alegre y bulliciosa.

   - Nosotros acudimos a cumplimentarla como a Embajadora de un reino celestial.

   - Di que vas a bañarte y corta, ya está bien de embajadas y de reinos celestiales.

   -Esa figura se llama prosopopeya.

   - Proso ¿qué?

   - Personificación o prosopopeya es atribuir cualidades humanas a seres inanimados.

   - Vaya un prosopopeyo que estás hecho.

   MERCADO:

   Esta mañana estuve en el mercado. Cuando mamá hacía la compra, se me acercó una Señora y jubilosa me dijo:

   -“Te veo en la tele”.

   -¿Si?, le he respondido.

   - Sí, yo soy también Ortuño, ¿sabes?, somos parientes. ¿Cuánto tiempo hace que te fuiste a Murcia?

   Yo la miraba asombrado y aturdido.

   -Veo que sabes muchas cosas de mí, le contesté.

   -Igual que en la tele, le dijo a su marido, que estaba a su lado.

   Nos despedimos y todos quedamos contentos, aunque me temo que engañados.

“Los famosos de la tele, pensé luego, deben tener muchas escenas por el estilo.

   SUCESO:

   Como Miguel midió mal la distancia y hundió la puerta al coche en la cochera, he ido al taller.

   - “¿Tocan la chapa?”, he preguntado a un señor gordo con mono azul.

   -No, don Francisco, me ha respondido como amigo de toda la vida. Y sin reponerme de que me hablara con tanta familiaridad, se ha dirigido a una Señora que entraba en el taller:

   ¿Te acuerdas de don Francisco? La mujer me mira y casi me abraza.

   -“¿Cómo no voy a acordarme?”. Recordamos un viaje que hicimos juntos a Mallorca hace ya algunos años.

   Luego me dice dónde puedo encontrar un chapista. Allá me dirijo con el coche abollado. Cerca pregunto a dos hombres que hablan animadamente:

   “Por favor, ¿me pueden decir dónde hay por aquí un taller de chapistería?”.

   Uno de ellos, sonriente, me contesta: “Claro, don Francisco, ahí mismo lo tiene”. Doy las gracias y me alejo sorprendido.

   ANTONIO “EL TONO”:

   En la calle de Calvario estuve con Antonio “El Tono”. Iba con su mujer.

   - ¿Hola, Paco!, me ha saludado.

   -Hola, Antonio Martínez Albaladejo, ¿cómo estás? Hemos recordado cosas de la infancia. Cuando le he dicho que tenía muy buena letra se ha emocionado. ¡Cuánto puede un halago sincero!

   - ¿Y tú cómo te acuerdas de su letra?

   -En la escuela nos daba cada semana unas hojas -octavillas- con los equipos de fútbol que se enfrentaban escritos a mano. Y su letra era clara, redonda, artística. La recuerdo como si la tuviera aún delante.

   Estos pequeños detalles hacen felices a las personas. “Qué pelo tan bonito tienes”, “Qué ojos tan claros”, “Qué bien jugabas al balón”, “Que buen estudiante eras”.

   Estos cumplidos tienen la virtud de encender una luz de alegría en el corazón de quien lo recibe.

   -Si tú lo dices. ¿Y a quién has visto más esta mañana?

   -A José “El Sol”.

   -Observo que cada persona en tu pueblo lleva cosido a su nombre un apodo.

   -Cosa de los pueblos.

   - ¿Y qué dice el Sol?

   -Que va a jubilarse.

   - ¿Tan pronto?

   - Es de mi quinta. Hicimos el Servicio juntos en Lorca.

   - ¿Y no es pronto para no hacer nada?

   -Es que padece de la espina.

 

  

   La paloma y el gavilán:

   24 julio 1991:

   La paloma, confiada y feliz, teje sueños dorados en su palomar. El río, que corre cerca, ha visto muchas veces reflejarse su grácil figura en sus aguas cristalinas.

   Las recatadas sombras de los olmos han sabido, en los estíos, de sus inocentes juegos a construir nidos iluminados de sol y de esperanza.

   Vive nuestra Paloma, blanca y granate, en el idílico marco de un paraíso. Sus padres, ya ancianos, la ven moverse como una reina en su Palacio y son felices.

   No falta nada en el Palomar. ¿Qué falta allí que se pueda anhelar con desasosiegos febriles? La Paloma, blanca y granate, vive despreocupada en el palomar.

   Hasta que un día un intruso llega a la puerta y se la queda mirando. No dice nada, pero sus ojos la desvelan por la noche. ¿Qué fuego tiene la mirada del intruso? ¿De dónde ha salido y qué busca allí?

   Pasan días y semanas sin volver. Pero la Paloma, a la misma hora, sale a la puerta y mira ansiosa a uno y otro lado por si el encuentro se repitiera.

   El visitante es un Gavilán. Desde que vio a la Paloma por primera vez supo que caería en sus garras para ser devorada.

   Con astucia de maestro consumado, se agazapa cerca para no ser visto, y observa a la Paloma todos los días, que lo busca ansiosa con la mirada.

   Los padres de la Paloma se preocupan porque saben que la causa del desasosiego de su hija se debe al malvado Gavilán, que roba confiadas palomas, sin entrañas, para devorar.

-   Si vuelve no salgas, hija.

-   Pero ella sueña con aquellos ojos que la miraron una mañana y desea volver a ver, y hasta ser quemada si es preciso, por el fuego que despiden.

-   Si viene de nuevo no abras la puerta.

-   Pero un día, a la misma hora, pasa de nuevo el Gavilán. la Paloma está allí, como todos los días, esperando quizás el milagro de verse con él.

-   Cuando la mira, se pone a temblar. No sabe qué hacer. El Gavilán apuesto, arrogante, pasa muy cerca, hasta la roza como un viento letal. Se la queda mirando a los ojos, fijamente, hipnotizante, y sigue su camino.

-   La Paloma suspira en un aleteo involuntario y pide al Gavilán que no se vaya. Desea ir con él aunque fuera al mismo sacrificio que temen sus padres, al holocausto que el destino le fijará.

-   Los padres por la ventana no pierden de vista la escena. la madre quiere atrapar a su hija para que huya, pero el padre la sujeta: déjala que decida ella misma, mujer.

-   Hay un momento trágico, tenso, de indecisión. La Paloma mira atrás y ve a sus padres suplicantes con los brazos extendidos hacia ella.

-   Delante, gallardo y apuesto está el Gavilán risueño, atrevido, desafiante, que reta al pasado con su experiencia.

-   La Paloma se arroja adelante como una tromba a los pies del Gavilán. Un picotazo la hace sangrar en un ala. Sangrante y todo sigue en pos del amado, en tanto que los padres impotentes entran llorosos en su aposento.

-   Es una ingrata, dice la madre.

-   Es el destino, resume el padre, y contra el destino no podemos luchar.

                                Francisco Tomás Ortuño.

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