Por Madrid.
2 octubre 2024 Santos Ángeles Custodios Año: 276 – 90
Murcia, miércoles, sin novedad. FELIDADES A MI NIETA ALBA Y A MI HIJO ANGEL EN SU CUMPLE 17 y 54 Y QUE CUMPLAN POR LO MENOS LOS DEL ABUELO. Y LO CEBREMOS JUNTOS.
Del siglo pasado:
27 de junio 1991.- A zancadas va el diario. Ya no me acuerdo cuando escribí la última vez, ni de qué escribí. Si lo miro lo sabría. Ahí reside el valor de la escritura. Tú abocas algo que luego puedes volver a ver. Cuando se vive sin escribir es fácil que la memoria falle.
Y bien, ahora que me siento a reflejar este instante de la vida para ver después, voy a decir, a grandes rasgos, lo que se vive o se cuece por la casa. Tal vez me repita en algunas comentarios, pero ello no será óbice para luego darlo por verdadero. Si digo que Lina aprobó su piano, a lo mejor ya lo dije antes; o que aprobó tercero de bachillerato con notas brillantes.
Francisco Amós marchó a Torreciudad; Pascual Jesús prepara alguna asignatura de su carrera para mañana; “Vengo solo a desearle suerte” ha dicho Toñi, que acaba de irse.
Miguel no vive estos días preparando también las suyas. El día primero Ángel vino de Valencia para volver dentro de unos días. “No se recoge, dile algo tú, quiere ir a la playa”, dice mamá.
Y mamá y papá de vacaciones ya, prácticamente. El domingo iremos, D,m., a Madrid, Con el pretexto del examen, pasaremos allí unos días Lina, sus amigas, Ángel, mamá y yo. Esperanza, mi compañera segoviana, que va de paso, nos ayudará con su coche a ir más cómodos hasta Madrid.
2 julio 1991.- Martes, las cinco de la tarde. Escribo en Madrid, calle Antonio López 104, primero A. Salimos de Murcia anteayer, domingo, a las 8 de la mañana, mamá, Lina, Ángel, Ana, Loli y yo; o al revés, que tanto monta. Nos alivió el viaje Esperanza, que venía de paso camino de Segovia, con una amiga, monja por más señas.
Paramos un par de veces en el camino y nos colamos en la gran ciudad, mastodóntica ciudad, capitalina ciudad desde 1561. Sobre las 2 del mediodía, Esperanza y la monja siguieron, y nosotros, felices y contentos, aterrizamos casa del tío Pascual.
Habíamos comido y nos disponíamos a descansar un rato, cuando sonó el timbre de la puerta. “¿Quien será?”, nos dijimos. Sorpresa. Los tíos de mamá, Pascual y Ana, los dueños de la casa, iban con sus hijos hacia El Escorial y querían saber si estábamos cómodos en su piso.
Por la tarde, salimos a dar un paseo por Madrid. Lina, amable siempre, porque es así ella, quería complacer a sus amigas del alma y no sabía qué hacer para que fueran dichosas.
Cogimos el metro y fuimos… No, antes estuvimos en la iglesia de San Francisco a oír misa. En esta iglesia, que parece una Catedral, se celebraba una boda.
Asistimos de paso a la ceremonia nupcial y vimos los cuadros que pudimos, ya que la están restaurando y los andamios metálicos dejaban pocos espacios libres.
-¿Vamos al convite?, dijo Ángel. Ya no sé si en serio o en broma. Dejamos la iglesia y la boda y llegamos a una terraza muy bonita donde tomamos sentados unas súper horchatas 325 pesetas cada vaso; 1950 pesetas en total.
Seguimos hasta Sol, Plaza Mayor, Plaza de España, cenamos bocadillos en un bar por la calle Carretas y cogimos el metro de vuelta a casa. Bueno, no he dicho que las chicas se hicieron fotos, y que Ángel nos dejó por CEA Bermúdez para visitar a un amigo.
La noche estuvo marcada por Ángel, faltaría más, como ya nos tiene acostumbrados. Yo ya voy curándome y no me altero, pero mamá cada vez como si fuera la primera.
La una de la noche y sin volver. “Este hijo me quita a mí la vida”, ¿dónde estará si a las 12 no funcionan metros ni autobuses?
Por fin llega sano y salvo y nos acostamos. Lo de sano es un decir. Sobre las tres, estaba con una “gomitaera de campeonato” “No hagas ruido, que no se entere tu madre”.
Pero mamá, que no duerme o lo hace como las liebres, con un ojo cerrado y el otro abierto, lo oyó. Y a las cuatro estaba cambiando sábanas y fundas de cabeceras. Las chicas ni se enteraron.
A las 7 llamé a mamá para que estuviera a las 8 en el Instituto de la calle de San Bernardo y hacer acto de presencia ante su tribunal, si no, ¿a qué habíamos venido?
Fuerte como ella sola, se levantó, se arregló y se fue. Los demás, por aquí o por allá; algunos con resaca de la mala noche, pasamos la mañana.
Volvió contenta con todo hecho, alegre y feliz, como si nada hubiera pasado, que así es mamá, valiente y única. Comimos y se fueron a ver más cosas. El Retiro… no, no, miento, el Retiro lo vieron por la mañana las chicas de oro.
Ellas solas tomaron su metro y se lanzaron valientes al mar sin red ni paracaídas. El Palacio Real y cosas por el estilo. Yo me quedé en casa, pero luego sentí ansias y salí en su busca.
Con el metro llegué a Sol y por allí estaba sentado en una fuente junto a una gran multitud, cuando ocurrió algo insólito a los gritos de “¡Athletic, Athletic!”. La plaza se inundó de hinchas del Atlético Madrid cortando la circulación.
En el balcón de la sede regional, sobre el reloj de la plaza, apareció la figura del señor don Jesús Gil y Gil, Presidente del equipo rojiblanco y Alcalde electo de Marbella. Con él otras personalidades del mundo de la política y del fútbol.
Mostró el señor Gil al cuadrado una gran Copa levantándola con ambos brazos. El griterío arreció. Eran momentos de locura. ¿Quién me iba a decir a mí que iba a presenciar semejante acontecimiento?
Cuando los señores del balcón se entraron, la gente poco a poco fue dispersándose y la circulación y la plaza volvieron a lo suyo.
Me disponía a regresar cuando me tropecé con Pepe Jiménez, de Melchor, paisano y buen amigo.
-¡Qué pequeño es el mundo!
-Mi hijo se examina el miércoles de inglés.
La noche fue tranquila, tranquilísima. El cansancio hizo presa en los cuerpos. A las 8, Lina y yo salimos a comprar el periódico. Con el Sol nos dieron el libro de turno, creo que el número 52, con Fábulas, de Samaniego.
Tras el desayuno fuimos al Museo del Prado, donde saludamos a compañeros de Francisco Amós y a una compañera de mamá de su Escuela de Arte y Oficios, también es casualidad.
Mamá nos fue explicando y explicando sin rendirse, hasta el punto de que cada uno disimulando se alejaba. ¡Pobre mamá! inasequible al desaliento: Murillo, Velázquez, El Greco, Goya…
Ángel quería también vérselo entero.
-Ángel, eso no puede ser.
-¿Como nos vamos a ir sin verlo?
-Puedes volver otro año, que son las dos.
-¿Por qué no nos quedamos otro día?
Sin ver el Guernica de Picasso, cogimos el metro y volvimos a Legazpi, estación de Usera.
Después de la comida, como ayer, me dejan solo para ir a ver el Planetario, el Zoológico, y el Museo de Cera. Los cinco a bordo con Ángel al volante. Que lo pasen bien y que vuelvan sanos y salvos es lo que yo más deseo.
Francisco Tomás Ortuño.
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