Quiero a la yaya.
17 Octubre 2024 San Ignacio Año: 291 - 75
Murcia, jueves, sin novedad por aquí.
8 agosto 1991.- Mamá en estos momentos es feliz. ¿Qué ocurre para que sea feliz mamá en estos momentos? Una serie de circunstancias la hacen feliz sobre otros momentos.
Y no es que mamá sea triste, no. Mamá es alegre por naturaleza. Su amor divino la aparta de toda tristeza terrenal. Aunque hay cosas que la ponen nerviosa.
Pero son nubes de verano: los viajes de Ángel, las ausencias de Francis, o la muerte de Joaquín. Mamá es alegre por dentro y raras veces se encierra tiempo en tristezas mundanales.
Enseguida aflora su natural alegría, que nace de la fe, de la confianza en Dios, y de aceptar su voluntad. Pero Pascuala ahora es más feliz que otras veces.
Hasta la oigo reír como ríen los niños. Su amiga Pascuala Ortega ha subido a pasar la tarde con ella y las dos amigas del alma se han bañado en la piscina.
Y ahora, en la terraza, hacen ejercicios en el aparato que compramos esta mañana en El Corte Inglés. Y mamá está contenta también porque Pascual ha bajado al pueblo por la Yaya.
¿De temporada?
-Creo que de temporadón.
-¿Lo dices con segundas?
-No, confieso solemnemente que quiero a la Yaya, por más que se empeñen todos, y ella la primera, en pensar lo contrario.
10 agosto 1991.- UNA MISA CHOCANTE:
El viento silba por entre los árboles y golpea las ventanas. Es una fiera suelta, dislocada, hasta caer rendida. Es frecuente aquí verlo agitarse, con estertores de muerte, para aplacarse después.
Casi todos los días, sobre la media tarde, se despereza, encrespa el lomo como los gatos, y lanza aullidos de lobo hambriento por el pinar.
Como ya le conocemos, ni caso. Solo, eso sí, nos guardamos en la casa hasta que se agota y se duerme.
LA MISA DE BLAS:
Mi amigo de la infancia, Blas, el cura misionero por América muchos años, celebró la Misa anoche en la iglesia de San Juan, por el eterno descanso de Francisco, cuñado de Pepa.
Una Misa chocante, por la forma de dirigirse a los fieles. Blas, por lo visto, cree estar delante de los niños, de los indios de la Patagonia, o de la selva uruguaya.
Sus gestos y sus voces exagerados forman parte de él como sus vestidos talares. Gestos y voces que tuvo que haber dejado antes de tomar el avión de regreso a España.
“Tres mil millones de seres humanos no han escuchado la palabra de Dios; y nosotros, afortunados, por un oído nos entra y por otro nos sale”, dijo en la homilía.
¿A cuento de qué tenía que decirnos eso? ¿Qué nos merecíamos nosotros, que fuimos precisamente a rezar por el alma de un finado?
No, Blas, caes en el error de tantos predicadores de pacotilla, resaltando lo negativo y olvidando lo bueno que hay en las personas que van a misa.
“¡Hay que cumplir con el precepto dominical!”, gritan otros en el púlpito. Pero “¿por qué decirlo a los que están allí cumpliendo con el precepto?”.
Si por lo menos dijeran: “Invitemos a venir con nosotros a los que se olvidan de cumplir con el precepto dominical”.
Pero no: “El señor nos va a castigar por no venir a Misa”. ¿No se da cuenta Blas de que los que escuchan están cumpliendo con el mandato del Señor y los que no cumplen con el mandato divino no se enteran porque no están allí?”.
Creo de verdad que hay sermoneos de tercera que más que devoción despiertan aversión; o sea, que son contraproducentes, como algunas medicinas.
¿No sería mejor explicar el Evangelio como el propio Jesús lo haría, enseñando cómo debemos amar y caminar por este Valle de bellezas sin cuento?
A las personas hay que hablar como quisiéramos que fueran para que sean lo que deben ser. El cura debe hablar a un pueblo ideal y cada cual se identificará con ese pueblo idealizado en sus sermones.
“El Mundo es bello, el Mundo es bueno, un reflejo de su Creador. Todos somos hermanos. Demos gracias por tanto bien que hemos recibido”. Y no “El Mundo es perverso, el Señor nos va a castigar, el fin de los tiempos está cerca”.
No, Blas, no lleves mensajes negativos por el Mundo y menos allende los mares, que no conocen más mensaje que el tuyo. “Id y enseñad a todas las gentes”, dijo Jesús. Pero le faltó señalar que se hiciera con métodos adecuados.
En cuanto a la doctrina, ¿no sería conveniente que después de veinte siglos, volviera de nuevo a recordarla?, ¿que se reuniera con su Iglesia en una Magna Asamblea, con el Papa a su lado, con los cardenales, arzobispos, obispos y curas?
Libraría al mundo de algunas dudas que circulan o se han engendrado con el tiempo. Y es que 2.000 años son muchos años, y los tiempos son otros, y la gente es distinta.
Me imagino a Jesús con todo esplendor y toda majestad explicando a su grey como hace veinte siglos en la montaña. ¡Cuántas sorpresas habría!
- Pero, Maestro, si entonces dijo…
- No dije tal, hijo, sino todo lo contrario.
- Maestro, ¿qué hay de…?
Y la figura blanca de Jesús, sonriente, como entre niños pequeños, explicaría de nuevo las cuatro verdades de su Iglesia.
- Os dejo, diría para terminar, en manos de mi alter ego, de mi sucesor el Papa. Lo que él diga hacedlo, porque habla por mí. Sed fieles a su palabra.
- ¿Qué hay del celibato?, se atreve, medio escondido, un diminuto ser, con vocecilla de pájaro.
- Jesús, con mirada más dura que antes, le contesta mirándole a los ojos: “Confía, pequeñín, en el Papa, que dirige mi ganado, y tiene mi saber y mi confianza”.
- Terminada la multitudinaria asamblea, nos dejaría Jesús y la nave de la Iglesia emprendería una nueva singladura en la historia de la humanidad.
Francisco Tomás Ortuño.
AUTOCRONTROL:
Todos podemos controlar nuestras propias emociones, comportamientos y deseos. Tenemos la capacidad para no perder el control en situaciones de malestar, malentendido o tensión.
El control de los impulsos y reacciones propios hacen que nos sintamos más equilibrados a nivel tanto personal como social.
Por eso es necesario enseñar a los hijos los principios básicos del control personal. Tanto para bien de ellos como para el resto de la sociedad es esencial saber controlarse.
He aquí una propuesta de diálogo con los niños para aprender a controlarse:
-Dime qué piensas y quién tiene esos pensamientos.
-Yo.
-Ah, entonces son tuyos.
-Claro.
-Pues si son tuyos puedes hacer con ellos lo que quieras o ¿mandan ellos?
-Son míos.
-Tienes razón, son tuyos, tú eres el amo, porque sin ti no existen. Y si tú eres el jefe, puedes hacer que cambien o se vayan, ¿no?
-Sí.
-Entonces, vamos a controlarlos.
Francisco Tomás Ortuño
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