También los muñecos aman.

5 octubre 2024 Santa Caritina Año: 270 días pasados-87 por pasar; Sol: sale a las 8´15 y nos deja a las 7´50 de la tarde; Luna; hoy nos visita de 11 mañana a 9 noche.

   Murcia, sábado, temprano y sin novedad.

   PARA PENSAR: Cuando dejo de ser lo que soy, me convierto en lo debería ser.

   De otro libro leo:

   Dedicatoria: Desde esta cima radiante de los 80, ¿a quién podría dedicar mejor mi libro que a ti esposa mía, compañera tantos años de soles y de lunas.

   Sea para ti, pues, mi libro número 44 en la lista de mis producciones.

   PRÓLOGO: Nace el Prólogo de este libro cuando es nombrado Papa el Cardenal Jorge Mario Bergoglio, jesuita, argentino, con el nombre de Francisco I, número 266 en la historia del pontificado.

   Nace con el Partido Popular en el Gobierno de la Nación, presidido por don Mariano Rajoy, que procura gobernar la nave, siempre difícil de gobernar, esquivando escollos y dificultades que salen al paso.

   Nace en la familia viendo a los hijos sanos: Francis, Pascual, Ángel, Miguel y Lina, conduciendo sus vidas con acierto.

   Junto a mis nueras Lena, Toñi, María José y Ana, sin cuyo concurso se hubieran desorientado.

   Y, ¿cómo no?, viendo a mis nietos -Gabriel, Raquel, Isabel, Lina, Laura, Pablo, Jaime, Sofía, Francisco, Alba, Anita, Fran y Miguel Ángel- dando sus primeros pasos hacia lo desconocido.

   En fin, un libro que ha querido contar lo sucedido en el año 2012, aunque no haya conseguido del todo su propósito.

   Seguro que no habré podido abarcarlo todo, como el pescador cargado de peces, difícil de evitar que volvieran muchos a su elemento.

   Pero sí he podido recoger algo que pueda servirte luego, me doy por satisfecho. Francisco Tomás Ortuño 

  

   Te cuento de otros años pasados:   

   9 julio 91.- Por fin. -¿Por fin qué? -Por fin escribo en Santa Ana, con los pinos enfrente y el monasterio al fondo. Son las diez y el sol es achicharrante.

   - ¿Cuántos habéis venido?

   - Te diré: con Francis no se cuenta, su vida está alejada físicamente, aunque siga con nosotros en espíritu. Pascual Jesús tiene su corazón repartido y se quedó en Murcia con el pretexto de asuntos que resolver -mili, Universidad-.

   Aunque para mí todo es lo mismo: una fuerza llamada Toñi, que lo ata a Murcia. Ángel trajo libros y estudia arriba. Miguel se despepita por el coche: lo trajo de Murcia y ahora ha bajado al pueblo con mamá.

   Lina farfulla a voz en grito su canción de moda, que, por cierto, la grabó con sus amigas hace unos días: “También los muñecos aman…”

   - ¿Cuándo llegasteis?

   - Ayer por la tarde.

   - ¿Y qué proyectos hay para el verano?

   -Cada cual lleva los suyos. Yo, por mi parte, leer, escribir, bajar al pueblo lo menos posible, jugar al billar… Un programa sano, sencillo, envidiable.

   ¿Tú crees que envidiable?

   -Otros querrán playas y viajes, yo prefiero, fuera de algunas escapadas breves, esta paz, esta soledad, este silencio.

   - ¿Qué libros vas a leer?

   -La colección Sol me espera. También me gustaría emprenderla con Marañón, Unamuno, Ortega y Azorín, de la colección Austral.

   “Selecciones” atrasadas, y otras que se ofrecen interesantes. Y el periódico por supuesto. El periódico ahora con los libros es obligado comprar y leer.

 

   El puesto de Manolo.- (Cuentecillo)  

   Entre Murcia y Cartagena hay paraísos de huertas en verano. La fruta madura espera que una mano generosa la lleve a los hogares para ofrecer su delicioso alimento.

   Es su sino: madurar para ofrecerse en holocausto. Vivir para dar vida muriendo. Entre Murcia y Cartagena, una autopista nueva discurre por entre huertas y puertos de montaña.

   Desde la altura, a vista de pájaro, la autopista que une a Murcia con las playas marmenorenses parecerá una culebra que sube y baja, que aparece y se esconde.

   En verano, los coches circulan veloces de Murcia a las playas por la autopista azul en dirección a Cartagena. Coches que buscan el frescor de las aguas marinas para sus ocupantes, a los que vacían en una pirueta alegre y graciosa.

   Las familias cruzan las mismas vueltas, los mismos recodos, las mismas subidas y los mismos descensos.    Desde arriba se verán como un camino de hormigas.

   Manolo lo pensó y lo hizo. Compró su peso, cogió unos palos y una lona, montó en su furgoneta y se fue temprano en dirección al Mar Menor.

   Por la mitad del camino, instaló su puesto de venta. Detrás había melocotones, albaricoques, melones, peras… En unos recipientes, sin molestarse mucho, puso de estos frutos cogidos de su improvisada despensa.

   No tardó mucho en detenerse un coche.

   -¿Tiene melocotones?

   -Los que usted quiera y recién cogidos del árbol, dijo Manolo.

   -¿A cómo los da?

   -Cinco kilos, cien pesetas.

   -Deme 10 kg.

   -Enseguida paró otro coche.

   - ¿A cómo son las peras?

   -Cien pesetas 5 kg. Son frescas, recién cogidas.

   Entre coche y coche Manolo entraba al huerto y llenaba los cubos y demás recipientes que había llevado consigo.

   - ¿Tienes sandías?

   - ¿Grandes o pequeñas?

   -Medianas.

   -Se la traigo enseguida. Y cogía la pieza del melonar.

   - ¿Cuánto?

   -Cien pesetas.

   -Deme otras dos.

   -Aquí las tiene. Son dulces como la miel de la Alcarria.

   A mediodía recogió su puesto, lo montó en la furgoneta y marchose a casa con la fruta sobrante para no dejar rastro de su ambulante comercio.

   Al día siguiente hizo lo mismo, pero escogió otro lugar alejado del anterior. Montó su tienda, puso una bandera, y esperó a que los clientes se fueran deteniendo.

   - ¿A cómo son las fresas? 

   -Cien pesetas 5 kg. Son tiernas, recién cogidas, aún con gotas de rocío. Y no engañaba Manolo al público. Engañaba, eso sí, al dueño de los árboles, que le mermaba el peso de la cosecha.

   Así estuvo viviendo Manolo un mes, robando descaradamente la fruta del huerto ajeno. Hasta que un día, por eso de que “quien mal hace, mal acaba”, quiso el destino que se detuviera el dueño de los frutales donde Manolo instaló su puesto.

   Sin decir nada, pero sospechando lo que ocurría, detuvo su coche para comprar.

   - ¿A cómo son las ciruelas?

   -A cien pesetas 5 kg.

   -Buen precio, y ¿de dónde las trae?, preguntó el hombre.

   -De mi huerto, respondió Manolo sonriendo.

   ¿Está muy lejos su huerto?, quiso saber el comprador.

   -Aquí mismo. Detrás de mí hay peras, melocotones, ciruelas…

   -El señor pagó su compra y se despidió amablemente del ladrón, pero en vez de seguir a la playa se dirigió a la policía y denunció el caso.

   -Está robando con más cara que un hipopótamo.

   -Acompáñeme, que vamos a detenerlo.

   Pero a la vuelta ya no estaba Manolo, ni había rastro de que se hubiese vendido allí fruta.

   La policía sabía que “el que hace un cesto hace ciento” y así, alertada, siguió la pista del vendedor hasta que lo cogió in fraganti y lo mandó a la cárcel a pagar por toda la fruta que había robado.

                                  Francisco Tomás Ortuño.

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