La Paz.

14 Noviembre 2024  San José Pignatelli

   Murcia, jueves, sin novedad. Te cuento:

   9 noviembre 1991.- Sábado luminoso. Anoche mamá y yo estuvimos en la sala de conferencias de la CAM a escuchar una charla sobre la Paz a un periodista. El salón estaba lleno de estudiantes. Cerca de nosotros estaban Lina y su amiga Loli.

   La paz siempre despierta interés, y si, como en este caso, el conferenciante es un hombre de la tele, conocido, al que hemos visto a todas horas estos días atrás, con motivo de la Conferencia de Madrid. más todavía.

   Vino a decir el charlista que él no era adivino y que, por tanto, no podía asegurar que la paz fuera a lograrse. Que él era periodista y que como tal solo podía contar lo que sabía lo que había visto en el pasado.

   Hizo referencia a las miles y miles de guerras que hubo antes y después de Jesucristo, y a los miles y miles de intentos de paz que siguieron indefectiblemente a dichas guerras.

   Habló ¿cómo no? de los conflictos bélicos recientes, de las Guerras Mundiales, de Oriente Medio, de las Organizaciones para mantener la paz, de deserciones de países, de la ONU, etc., etc.

   Así como de sus viajes a Vietnam, de sus visitas a Jefes de Estado y otras anécdotas por el estilo. Todo ello contado con gracia, con humor y con fluidez, tuvo al auditorio dos horas entretenido.

   En el coloquio que siguió, entre los cuatro que preguntaron algo yo fui uno de ellos. Le dije que si ahora que somos 6.000 millones de seres humanos en el planeta hay guerras, si cuando éramos hace unos años 2.000 millones había guerras, y si en el Paraíso Terrenal hubo su tentación y su caída con Adán y Eva, si no sería la paz una utopía.

   Contestó el conferenciante que siendo así, debemos salir cada mañana a la calle con el ánimo de buscar la paz donde estemos con nuestro saludo, con nuestra ayuda a los demás.

   Sigo pensando que la paz interior es fruto de un estado de equilibrio orgánico. Así, pues, por donde vayas encontrarás dos bandos: los equilibrados por una parte y los desajustados por otra.

   Los primeros son los buenos, los pacíficos, los que no hacen daño ni buscan la guerra; los otros, los atrevidos, los delincuentes y peligrosos.

                                          Francisco Tomás Ortuño.

   10 noviembre 91.- ¿Cómo va el talego? Domingo, con poca historia. El encargado de acompañarnos hoy tendrá en su día poco que ofrecer.

   A ver, a ver, ¿qué traes? Y mostrará una cinta en blanco o un armario vacío.

   ¿No existió un 10 de noviembre en la vida de esta persona? Y la respuesta será un encogimiento de hombros por parte del mensajero. Luego dirá para justificarse: desayuno en la cama, periódico, comida, salir, entrar, ir, venir, cenar y se acabó.

  - Ya veo que está justificado, dice el Juez Supremo.

   - ¿Cómo?, replica el representante del 10 de noviembre de 1991.

   - Nada. Que está explicado que traigas el talego seco.

   Yo me pregunto ¿tenemos muchos días con poco que ofrecer? Quizás más de la cuenta. Si sumamos los días de todos los habitantes en la tierra con poco o nada que ofrecer, la suma sería bestial.

   Cuando el Señor, como juez universal, reciba los embajadores encargados de dar cuenta de nuestros actos, uno por cada día de nuestra existencia, sonreirá con amargura viendo lo poco que cada uno lleva de valor.

   Yo fui quien le acompañó en el primer día de su vida, seco el talego.

   Yo quien le acompañó el segundo, nada dentro.

   Yo el tercero, nada.

   Yo el 389, nada.

   Yo el 4.500, nada.

   Yo el 12.742, aquí hay algo, este día contrajo matrimonio.

   Ya era hora de que hiciera algo positivo este individuo.

   Yo soy el acompañante número 15.000, que corresponde al 7 de agosto de 1975. -¿Cómo va el talego? -Algo lleva dentro. -Veamos, abócalo, ¿qué dice ese papel? Da limosna a un pobre sin que nadie se entere.

   Yo el 504.000, ¿vacío? No, Señor. ¿De qué se trata? Fue a Misa. Bien, bien. Deja paso a los que siguen, que van cargados.

   Por fin llegué, soy el número 15.401 y vengo que no puedo. -¿Que traes? Ëchalo pronto encima de la mesa. -Este día salvó a un anciano de ser atropellado con riesgo de su propia vida.

   ¿Y tú? -En mi día dio limosna a varios pobres.

   ¿Y tú, qué dices’ -¿Dio ejemplo de buena conducta en público, acompañó a enfermos de un hospital? ¡Basta, no sigáis, con lo ofrecido es suficiente! Positivo, que pase el siguiente.

   Como este juicio lo tendremos al final de nuestra vida, no estaría de más que fuéramos llenando las alforjas cada día de nuestra existencia con hechos de valor para ofrecerlos en su momento algo al Sumo Juez.

   Es lástima que muchos vayan desposeídos de lo necesario y que el Señor no tenga más remedio que exclamar: “¡Toda tu vida para esto?”. Negativo.


   12 de noviembre 91

   Martes, todo va bien menos mi pierna derecha, que me duele y no me deja andar. Los males se conocen cuando se tienen. Uno ve toda la vida y no repara en ese bien que vale más que todo el oro del mundo.

   Pero un día no ve y entonces aprecia en lo que vale salir a la calle sin tropezar, conocer a los que pasan y deleitarse con los colores del cielo.

   Es lo que le ha ocurrido a Nicolás. El pobre se levanta un día y exclama: “¿Zoila, que no veo!”. Una tragedia. Antes, quizás, Nicolás no había reparado en que tenía los ojos y que por ellos veía el mundo.

   A mí estos días me ocurre lo mismo, pero con la pierna derecha. Me levanto, me pongo a andar y me duele como si me dieran bocados dentro. Hoy cojeo ostensiblemente y me canso si ando cuatro pasos seguidos.

   ¿Quién iba a pensar que valorara tanto mi pierna como lo hago hoy? No había reparado en lo que es tener dos piernas sanas el cuerpo. Es una maravilla hasta que empieza a chirriar.

   Como el motor de un coche, las personas jóvenes, con piernas recién estrenadas, todo funciona bien. En los mayores, la vista, las piernas o el riñón te llevan de cabeza.

 

  - Doctor, ¿que me pasa a mí? Antes como una pera, y de golpe como un cacharro, chatarra, para tirar.

   - No exagere, lo voy a dejar nuevo.

   -¿Será capaz?

   -Como le digo. Lo suyo no es nada.

   - Ay, pues ya me siento bien.

   - ¿Que dice que le duele?

   - ¿Cómo me dice que no es nada y no sabe lo que tengo?

   - Porque todas sois iguales, unas quejicas, que no hacen otra cosa que llorar.

   - No hable así, doctor, que ya me duele otra vez.

   - Pero ¿que le duele?

   -Me duele todo; eso, todo me duele.

   - Pero, si acaba de decirme que no le duele nada.

   - Nada concreto, pero todo vagamente.

   - Pues no sé qué decirle, como no se explique mejor.

   - Usted, doctor, dígame: ¿le duele aquí? y yo contesto: ahí no; usted sigue ¿y aquí? Y cuando lleguemos a donde me duele yo digo: ahí me duele, ¿vale?

   - Oiga, señora, para jueguecitos estoy yo. Salga y deje pasar a otro paciente más explícito, que hay cola.



Francisco Tomás Ortuño. 

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