Lluvias.
18 Noviembre 2024
Murcia, lunes, s.n.e.c. g.a.D. Te cuento de otras calendas:
29 de noviembre 1991.- Uno de los relojes del comedor da la hora, doce campanadas. Es difícil que coincidan. Siempre alguno se adelanta, como los caballos en los hipódromos.
Es singular la competición de los relojes del comedor, sin reparar en los que entramos o salimos. El reloj de Cuco hace más ruido que los otros; le sigue el de pesas doradas; luego el fabricado por mamá con escayola; por último, el de Caja Murcia.
Entre los cuatro forman una bella melodía. Si escuchas atento puedes oírlos por separado. El tic-tac de cada uno es distinto. Si los igualas, al cabo de unas horas ves que uno se adelanta a los demás. Es la broma o travesura que los divierte quizás.
¿Tú piensas que un reloj no siente? ¿Crees acaso que un reloj no tiene vida? Yo estoy seguro de que los relojes, por lo menos estos del comedor, se alegran de correr más que ninguno y se entristecen de ser los últimos.
Su tic-tac me dice que tienen corazón, su velocidad me revela sus sentimientos. En el cajón de mi mesita de noche hay otro reloj. Antes era del abuelo. Aún le veo tirar de la cadena para sacarlo del bolsillo y mirar la hora. Dentro, sobre la tapa de plata, está su nombre grabado.
Entonces estaba vivo, se sentía orgulloso siendo útil, ahora no, ahora, en un rincón del cajón de la mesita, permanece mudo, como un muerto. Nadie le consulta, nadie lo mira para nada. ¿Cómo va a ser lo mismo?
En la muñeca de mi mano izquierda llevo otro reloj. Por una ventanita me da la hora. Este no hace ruido alguno, pero parpadea con insistencia, alegre, como diciendo que se siente orgulloso de acompañarme.
Es como un caballo a punto de saltar. No como el otro que llevé durante muchos años de metálica correa, que ahora descansa en el tocador: empezó, quizás por viejo, a retrasarse escandalosamente y hasta a pararse. No podía uno fiarse de él.
-¿Qué hora llevas?
-Las Siete. Luego resulta que eran las siete y media.
Un día, cuando todavía confiaba en él, siendo la una en mi reloj, me dijo Manoli, la conserje: “Don Francisco, ¿es que no se va a comer? No queda nadie en el Centro y son las 2:45 h.”.
La culpa era de mi achacoso reloj. Lo miré con rabia, hasta con desprecio; a punto estuve de tirarlo allí mismo a la papelera. Yo quiero relojes vivos, con sangre nueva, que haya que detenerlos, ajustarlos como los relojes del comedor o como el que llevo en mi muñeca.
¡Que no tienen vida! ¡Vaya si la tienen! ¿Cómo puedes comparar unos relojes con otros?
Francisco Tomás Ortuño
1 diciembre 1991.- Otra vez en diciembre. Las luces de la nueva Navidad se ven al fondo. Los villancicos se escuchan en la calle. De los adelantados es el Reino de los Cielos. La gente vuela, lleva la prisa metida en los huesos.
En los Colegios se habla de vacaciones; en los grandes almacenes se canta la Navidad; en la calle, jóvenes mendigos tocan villancicos con guitarras y acordeones para que les den una limosna. Se masca, en fin, la Navidad y estamos a 1 de diciembre. Quede constancia del suceso.
Ayer mamá y yo fuimos al Convento de las Clarisas, cerca de la Fuensanta. Desde allí se divisa una panorámica sensacional: Murcia al fondo y la huerta en medio.
Dos monjitas de clausura nos atendieron detrás de una ventana con reja. ¡Qué mundo tan distinto se respira dentro del recinto conventual!
Les pedimos una imagen mutilada de San José para su restauración. La sacaron. En una caja diminuta había dedos y trozos pequeños de imágenes rotas. la imagen es de Salzillo. Los rostros de las tallas de Saltillo se parecen entre sí. San José tiene un gran parecido con nuestro Cristo de Santa Ana.
Eran las cinco de la tarde cuando salimos del convento, con el brazo de la imagen para reponer mamá unos dedos en su mano. En la puerta, ya fuera, con Murcia al fondo y la huerta en medio, hubiéramos permanecido mucho tiempo, callados, solo contemplando el paisaje.
Joaquín me llamó ayer y me ha vuelto a llamar esta mañana. Joaquín Martínez es un buen amigo. Hemos ido juntos a la Catedral y hemos paseado.
Joaquín acaba de jubilarse: 60 años. Me dice que va a estudiar Derecho. Para mí, estudiar ya jubilado una carrera es la solución al ocio y a posibles sentimientos de estar acabado. Aunque no se acabe, que dura es la empresa y lejos la meta.
El camino se le hará más distraído y renacerán las ilusiones. El jubilado se sentirá de nuevo joven, con brotes nuevos en su espíritu y alas en su corazón. Muy bien, Joaquín, pero que muy bien. Eres un ejemplo para seguir.
¡Lástima que no encontrarás, por azares de la vida, un puesto militar donde acabar tus días! Porque tú y yo sabemos, Joaquín, que tu sueño, un tanto frustrado, negado, ha sido lucir un uniforme y codearte con los mandos militares, de teniente, de capitán, o ¿quién sabe? con entorchados en la bocamanga como alférez de fragata.
Francisco Tomás Ortuño
3 diciembre 1991.- Amanece lloviznando por extraño que parezca. La gente, sin embargo, no hace mucho caso de este amago o conato de lluvia. Discurre por las calles como si no la viera, como harán por el norte con su chirimiri o calabobos.
La lluvia es como el cigarrillo: un pretexto o comodín que cubre el bache embarazoso entre personas que no saben de qué hablar: en el ascensor, en la sala del dentista: “¡Vaya tiempo parece que va a llover!”. Y ya la tienes cumpliendo su papel de mediador.
Hay lluvias inoportunas y lluvias pintiparadas: Si esperas con ilusión un partido de fútbol y esa tarde llueve torrencialmente seguro que te hace maldita la gracia. Pero si deseas quedarte en casa y amanece lloviendo, el caso es distinto.
Hay lluvias festivas y lluvias terroríficas: Cuando vives en ciudad por la que pasa un río que puede desbordarse, el instinto las distingue. Puede llover hasta que el agua corra por las calles, hasta que los parabrisas de los coches se rompan, hasta que las bocas de los alcantarillados no den abasto a tragar agua, y se formen lagunas y hasta lagos en las plazas. Pero de eso a que el río salga de madre y se inunde la ciudad, hay un abismo.
Las hay desventuradas y venturosas: En el campo se las distingue mejor. Si llegan acompañadas de granizo, cómo ejército armado de metralla, son terribles. ¿Tú conoces de los sustos de agricultores cuando ven nubes oscuras a punto de coger la fruta? En cambio, si en su tiempo llueve mansa y abundantemente, la lluvia es santa, angelical, como una bendición.
Y hay lluvias silenciosas y lluvias escandalosas: Las primeras no llevan ruido. Las segundas van acompañadas de truenos y relámpagos, como si de una guerra se tratara. Hasta a veces solo existe de la lluvia el fragor extremo. En el campo y en el mar esta parafernalia es horrorosa. El ánimo se encoge como si el Mundo se viniera abajo, hecho añicos.
¿Quién no quiere la lluvia? La lluvia es un don del cielo. De ella se nutren los ríos, se llenan las fuentes, se abastecen los pantanos, se riega el campo, se limpia la atmósfera… Pero danos, Señor, lluvias buenas y a su tiempo, que para sustos ya tenemos bastantes con los que vamos inventando nosotros.
No nos mandes azotes en forma de lluvias ni sequías. Lluvias sí pero lluvias sin más, y a su debido tiempo. Que hay veces que no llegan en tres años y luego ¡hala! toda de una vez. Ni lo uno ni lo otro ¿sabes?, que o te pasas o no llegas.
Si no, que digan los de Etiopía o Sudán, que no la ven ni en pintura. Lluvias sí, pero bien echada, ¿me oyes?, que si Tú no tienes formalidad, ¿quién la va a tener?
Francisco Tomás Ortuño .
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