Recuerdos de Elche de la Sierra.
15 Noviembre 2024 San Alberto Magno
Murcia, viernes, sin novedad. Te cuento:
14 de noviembre 1991.- La noticia luctuosa del día la marca el entierro de Nicolás. Ayer, a las seis de la tarde, cruzó la raya, pasó del reino de los vivos al misterioso reino de los que ya no vuelven, Nicolás García Blázquez, el bueno, el tranquilo.
¿Quién recuerda a Nicolás violento? Yo no, ni creo que los demás tampoco. Era de estas personas que pasan por la vida haciendo bien a los demás, Nicolás se distinguió siempre por su bondad, por su hombría de bien.
Yo viví cuatro años en su casa, del 1.956 a 1.960. Conforme se entraba de la calle, a la izquierda, había una tienda. Nicolás estaba siempre allí, con Zoila, su mujer, a su vera siempre, como su sombra.
Tenían dos hijos pequeños entonces: Antonio y Jesús. Luego vendría una niña, María Teresa. Por las noches nos reuníamos en una habitación a leer, o a estudiar, Nicolás, sus hijos, Pepe su cuñado. y yo.
Cuatro años felices pasé con esta familia ejemplar, en todos los órdenes. Quién sabe si aquellos años me sirvieron a mí para imitarlo más tarde con mi familia propia.
Desde luego, era justo la familia que yo deseaba formar. El subconsciente se encargaría del resto, porque hoy, gracias sean dadas al Cielo, mi familia es también así, como era la suya.
Los caminos de la vida son muy complejos. Cuántas veces, lo que uno menos se piensa, influye en el futuro de su propia existencia. Y aquellos años de vivir juntos, día a día, bien pudieron decidir en mi futuro.
Gracias, Nicolás, por cuanto pudiste darme con tu ejemplo y modelo de vida. Sé que el Señor te habrá reservado en el Cielo un lugar preferente por tus buenas obras aquí.
Francisco Tomás Ortuño
15 de noviembre 1991.- La visita ayer a Elche de la Sierra era poco menos que obligada. Nicolás y familia bien se merecían el viaje. Estuvimos José María y yo. ¡Cuántos recuerdos al pasar el Collado de Hellín y ver abajo el pueblo desparramado con la iglesia en medio como una Catedral, la Bolea, las calles estrechas, la plaza del Ayuntamiento…!
La casa estaba llena de gente. En una habitación, a la izquierda, donde antes estuviera la tienda, en una caja oscura, estaba el cuerpo sin vida de Nicolás.
Saludamos a Antonio, a Pepe, a Rosario, a Mercedes: dimos el pésame a Zoila y a sus hijos. Las costumbres de los pueblos son difíciles de cambiar. Nadie piensa que puedan ser de otro modo, y así continúan por los siglos de los siglos.
A las 4:30 h fuimos a la iglesia con el difunto. Oímos Misa. Después, el coche fúnebre que esperaba en la puerta transportó el cadáver en su caja hasta la Bolera con la comitiva detrás. El coche iba despacio, al paso de la gente.
En la Bolea o Bolera, con el difunto presente, el pueblo, hijos, nietos y familiares próximos, sufrió de pie la paliza de los pésames. Las mujeres se quedaron en la casa. José María y yo nos despedimos de Zoila y emprendimos el regreso. A las ocho estábamos en Jumilla; sobre las nueve en Murcia.
Cuando vemos a personas que no hemos visto en treinta años, el impacto es grande. Yo, que recordaba a los hijos de Rosario de 8 años con su babero a rayas, y los vi con 40, quedé sorprendido. A Mercedes la veía con sus trenzas largas y su ropa ancha de niña de 9 años, junto a su mamá.
A Rosario la encontré menos cambiada. En los niños, el cambio es más espectacular. Como en el caso de Antonino. Quién me iba a decir a mí que aquel renacuajo que jugaba con el libro cuando yo intentaba explicarle geografía en su comedor, delante de sus padres, era este señor con bigote, del brazo de la señora alhajada que me presentaron.
Cómo podía pensar él que yo lo recordaba como cuando iba a su casa como Profesor Particular de familia rica. Sus ojillos traviesos, sus manos pequeñas, sus piernas finas. ¿Es preferible no remover aquellos recuerdos? Tal vez. Solo se consigue romper a pedazos un trozo de vida que guardábamos con ilusión.
Francisco Tomás Ortuño
16 noviembre 91.- Sábado otoñal, más cerca del invierno que del estío. Nublado y ventoso. Día premonitorio de la Navidad. Entramos en el túnel oscuro de los hielos y los huracanes.
Un par de meses de vivir en casa al calor reconfortante de las lumbres y los braseros. Pero el convoy, como una centella, silbará pronto para anunciarnos la salida.
Y esta será esplendorosa como siempre, primaveral, con flores por doquier. El convoy entra en el túnel invernal. Algunos pasajeros, lástima, quedarán dentro y no verán la nueva primavera, pero los más saldrán de nuevo, o saldremos, para gozar del nuevo estío, que nos brinde la naturaleza.
Mamá pinta, o mejor, restaura a mi lado un cuadro del seminario con una Virgen, un Niño y ovejas en derredor. Son las seis de la tarde y el sol se marchó: Miguel estudia, Pascual estudia, Lina en su chambre con la Yaya, Ángel por Valencia.
Francisco Tomás Ortuño .
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