Salvador García Jiménez.
27 Noviembre 2024 Ntra,Sra.de la Medalla Milagrosa Año: 332-34
Murcia, miércoles, sobre las ocho y sin novedad.
Te cuento de hace “muchos años”:
20 septiembre 1977.- Cuando vine de Cehegín, destinado al Colegio Nacional “Ibáñez Martín” como Director, reparé en Teófilo y en su kiosco, en la misma puerta del Colegio.
Nos saludamos y recordamos otros tiempos, cuando íbamos al Colegio de “San Francisco”. Nos acordamos de otros compañeros: Jesús Soriano, Diego Martínez, Antonio Gregorio, Aurelio López…
Teófilo se casó en su día con Juana y heredó su kiosco. Aterrizó, en el mejor sentido de la palabra, en la puerta del Colegio. Allí conoció a los niños que compraban pipas, chicles y chupachús a la salida de la Escuela.
-¿Qué quieren, nene?, preguntaba.
-Una bolsa de pipas.
Canción repetida cien veces, mil veces cada día.
Francisco Tomás Ortuño
22 septiembre 1977,- Ayer estuve en Murcia. Compañeros, amigos y conocidos por todas partes. ¡Qué bueno es tener amigos! Luego, aún, cogimos la manzana. Otra tarde de manzanas. Ahora fue la blanca.
¿Por qué habría de ser la fruta prohibida en el Paraíso! A mí por eso, me inspira respeto entre las demás frutas. Luego fuimos al chalé. Van a poner la luz. Aquí un interruptor, allí un enchufe, allá un farol.
Las mujeres viven estas emociones como nadie. Gozan la situación, se adelantan en el tiempo y ordenan con entusiasmo al técnico de turno, como si en ello les fuera la vida.
Francisco Tomás Ortuño
23 septiembre 1977.- Anoche vino a verme Silverio con sus padres, agricultores de siempre. Silverio va a empezar estudios superiores. Me recordó a Salvador cuando fui destinado a Cehegín como Director del Colegio “Pérez Villanueva”.
Desplacé en el cargo a don Juan, excelente maestro. Me hablaba mucho de su hijo: “Mi Salvador solo piensa en sus poesías, le ha dado por escribir y siempre está con sus novelas y sus cuentos”.
Salvador entonces, un joven como hoy Silverio, 17 años más o menos, iba a mi despacho y, tímidamente, me leía la última poesía que había hecho o el último cuento que había escrito.
Un día me habló de la historia de un piano que llevaba entre manos. Yo pensando en lo que esto suponía al joven, le escuchaba atento y lo animaba a seguir.
A veces me reía con sus escritos, porque usaba palabras impropias de su edad, o, si quieres, de un vate en ciernes, como Cela, por no ser menos. Mis oídos nunca habían escuchado semejantes palabrotas, leídas con naturalidad.
Pues bien, aquel jovenzuelo, aquel vate en ciernes, Salvador García Jiménez, que jugaba a preocupar a sus padres, y a mí me divertía oyéndole, es hoy Premio Ciudad de Murcia, Premio Ciudad de Palma, Premio de teatro en Valladolid, de poesías por aquí y por allá, Maestro, Licenciado y Catedrático de lengua, todo en pocos años.
La vida premia sin duda la constancia, el tesón, el esfuerzo, la ilusión, y Salvador ha conseguido el triunfo que soñaba en Cehegín a sus 17 años.
Su padre, don Juan, si lo ve desde el cielo, gozará lo indecible con la carrera meteórica de su hijo en el campo de las letras.
Francisco Tomás Ortuño.
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