Zoila y Nicolás.
13 noviembre 2024
Murcia. miércoles, sin novedad. Acaban de poner a mamá la vacuna de la gripe. A mí ayer. Estamos vacunados como otros años. El día amanece azul y sin viento a pesar de que ayer Brasero (meteorólogo) pronosticaba otra Dana. Te cuento del ayer:
1 noviembre 91.- Nicolás, en la casa de Ceutí, no ve. Zoila lo lleva de la mano. Esta mañana estuvimos a verlos mamá, Miguel y yo. Nos abrió Jesús, que pasa el día con sus padres.
Jesús es alto y corpulento cómo era su padre cuando tenía sus años. La casa de Antonio en Ceutí es más bien un palacete. Su abuelo Jesús celebraría mucho conocer la buena situación económica y social de sus nietos.
Por la década de los 50, cuando yo pasé con ellos cuatro años, Jesús y Antonio eran chiquillos que iban conmigo a la escuela. Antonio era habilidoso y aplicado; Jesús era menos dado a los libros. Quizás más inteligente que su hermano, pero menos estudioso.
Con el tiempo, Antonio se hizo maestro y Jesús, como su padre, comerciante. Justo lo que se veía venir. Lo contrario hubiera sido una incoherencia.
Por estos años nació María Teresa. Hoy cuenta la treintena, está casada y tiene un hijo. Zoila y Nicolás entonces eran jóvenes. Ahora, ya abuelos, visitan de vez en cuando a los hijos.
Han cumplido. Pueden sentirse orgullosos de haber representado su papel con dignidad. En las personas, como en los pueblos, se aprecia con perspectiva, si acertaron o se equivocaron.
Cuando se mira retrospectivamente la vida del imperio romano, por ejemplo, se advierte que tal o cual emperador hubiera podido cambiar el rumbo de la historia actuando de otro modo. Como la historia es irreversible, ciertas actuaciones fueron decisorias del futuro.
En las personas ocurre lo mismo: con el tiempo se ve perfectamente, las consecuencias de ciertas actuaciones se ven con meridiana claridad aciertos y errores de un vivir cotidiano.
Es curioso observar que por esa cualidad de la naturaleza humana de que nada puede repetirse, parece que la solución adoptada en su momento es justo la mejor; y si no es la mejor la propia naturaleza se encarga de que lo sea.
Me explico: supongamos que un Jefe de Estado toma una decisión importante y trascendente. Podría ser otra la decisión adoptada. Pero como ya no cabe rectificar, esa decisión irá enderezándose para llegar a ser la mejor.
En la vida de las personas ocurre lo mismo: cada paso es una disyuntiva -o esto o aquello- y nuestra decisión no puede volverse atrás. Pero la propia naturaleza se encarga de hacer de cada paso el mejor, el idóneo, por no decir el único.
Francisco Tomás Ortuño.
3 noviembre 91.- El puente de tres ojos finiquita.
¿Qué dices de puentes y de ojos?
Lo que has oído: que el largo fin de semana llegue a su fin.
Ah, ya caigo: 3 días más de vacaciones que volaron.
Exacto, pero reconozco que se aprovecharon bien.
¿CÖmo?
Estuvimos en Ceutí a visitar a Nicolás y a Zoila.
¿Qué más?
Fuimos a Alicante a visitar a Santiago, a Carmen y a la abuela.
¿La abuela debe tener muchos años?
Dicen que va por los 100?
¿Qué más habéis visto en Alicante?
A la tía Asunción.
¿Qué tal se encuentra?
Muy bien, ilusionada con sus cantos y sus viajes de la tercera edad.
¿Q quién hizo ese viaje?
Ángel, el tío José María y yo. Ángel siguió hacia Valencia. En Santa Pola, a la vuelta, José María y yo comimos en un bar de la playa. Por las ventanas, veíamos gente en bañador como si fuera agosto.
¡No!
¡Sí! La gente se resiste a abandonar el verano; y es que, en realidad, el mal tiempo no se conoce aquí.
¿Te ilusiona el mar, ¿verdad?
El mar y la montaña, la naturaleza, en suma.
¿Puesto a elegir?
El mar, sin duda, su inmensidad me atrae, su olor me encanta.
Pues ya está dicho.
Pues quede reflejado.
Francisco Tomás Ortuño.
6-11-1991.- Miércoles fresquito por demás. Los cambios bruscos se dejan sentir en los cuerpos. Hay cada constipado que no veas. Y es que llevas ropa de verano, de pronto un bajón de muchos grados y hala, a estornudar se ha dicho.
Como la ciencia avanza que es un primor, llegará un momento en que los sabios descubran la manera de atacar la gripe y los catarros. Yo, por mi parte, he obtenido un remedio infalible: veranos en Santa Ana.
Los pulmones se llenan de oxígeno y ya no hay virus que pueda conmigo. Antes me constipaba todos los años; ahora paso por la enfermedad como Jesús por encima de las olas. Veo que caen ahora uno, luego otro, y yo sin enterarme.
El investigador con su microscopio por arma, seguirá atento al enemigo. “¡Ya lo tengo!”, exclamará alguna vez, para luego añadir: “¡Se me escapó!”.
El virus se reirá: “¡Que te lo has creído!”, y saltará como las pulgas. Pero llegará el momento en que el sabio lo cercará como si fuera un ratón y lo estudiará a placer en su laboratorio.
¡A ver, a ver! ¿Con estricnina? Pues lo resiste. Probemos con esta bomba de 50 megavatios. ¿Aún se mueve el malvado? ¿Y si añadimos ácido nítrico?
Hasta que el bichín sucumba y ponga las patas hacia arriba como señal evidente de defunción? Por fin lo hallé. Te vencí, inmundo gusarapo.
Desde hoy el hombre vivirá despreocupado de gripes producidas por tu asquerosa especie, y de paso yo pasaré a la historia como el gran descubridor del siglo.
CONFERENCIA DE MADRID
La Conferencia de Madrid llega a su fin. Ya los periódicos ni la nombran. Ha perdido actualidad. Cada cual en su país. ¿Que qué se ha conseguido? Para mí que menos de nada.
Unos y otros esperaban sacar petróleo de la reunión multinacional y yo creo que ni agua. Decepción. Eso es lo que se llevan: decepción.
Francisco Tomás Ortuño
Comentarios
Publicar un comentario