El tiempo.

 19 diciembre 2024  San Anastasio  354 – 12 (aunque bisiesto, se termina el año); Sol: 8´33 hasta 17´51; no lo vi salir, pero pude.

   Murcia, jueves, sin cambios en la casa, gracias a Dios.

   Verdad y libertad están estrechamente juntas, aunque, en el fondo, es más la verdad la que genera libertad, la relación no puede romperse en modo alguno, y cada uno es necesario para el otro.

 Hoy te cuento:

   21 noviembre 1977.- Anoche conocí a José María Gironella en el programa “A fondo” de televisión. ¿Era Gironella como yo pensaba? No. Yo creía que era más joven.

   Me lo imaginaba más locuaz, más enérgico, más vivo si quieres. Me encontré con un Gironella demasiado maduro, algo apagado, bastante tímido.

   Pero debo confesar que a lo largo del programa, el nuevo Gironella me fue ganando: católico, viajero, humano cien por cien. Sobre todo, humano.

   Hombre que ha sufrido mucho, que ha viajado muchísimo, que ha escrito muchísimo también, Gironella es un autor consagrado. Su fama se conoce, se busca y se cotiza.

  Es famoso en el mundo de las letras. Escribió libros pronto. Después, nuestra guerra le llevó a escribir “Los cipreses creen en Dios”, “Un millón de muertos”, “Ha estallado la paz” y otros.

 “Ahora ha publicado “Los escándalos de Jerusalén” sobre su estancia en Tierra Santa. Confiesa que ha encontrado lo que buscaba mucho tiempo: la seguridad de que hay otra vida. Que la ha palpado, que la ha visto y que es feliz.

                                            Francisco Tomás Ortuño

   22 noviembre 1977.-

   Pascuala y yo hemos visitado al párroco de Santiago en su casa, enfrente del Colegio de las Anas. Es un cura joven. No sé cómo es su nombre.

   Un piso ordenado, limpio, cómodo. Entramos, hablamos, salimos. Detrás queda una persona sola. ¿Pensamos lo que es un cura joven viviendo solo en una casa?

   Cuesta trabajo imaginar ese silencio, viniendo de familia numerosa. Debe ser triste no tener con quien hablar, no poder oír a nadie, encerrarse entre muebles y libros.

   Hay momentos que deseamos estar callados, pero otros queremos hablar, necesitamos hablar y ser escuchados. Es entonces que la vida del cura debe ser pesada, difícil; difícil, sobre todo.

   23 noviembre 1977.- Volveré, sin duda, a repetirme. Sigo siendo el de ayer y el de hace años. Sigo siendo el mismo, aunque el tiempo me haga creer otra cosa.

   El tiempo… tan fugaz como la palabra. ¿Has pensado, como yo, que el presente está comprometido, que no tiene realidad? Es la unión de pasado con futuro.

   Se pierde, pues que todo queda reducido a pasado y a futuro. Un pasado que fue y un futuro que no es. Y si acepto esta idea, yo mismo dejo de ser. Pues fui antes y seré después, pero no soy en este instante.

   El tiempo es algo inventado por nosotros para medir las cosas, como el metro o el litro. Que sigo siendo el mismo de ayer no tengo duda, pienso igual, siento lo mismo.

   Dos cosas admito hoy con singular evidencia: una, que la vida, por encima de nosotros, dispone las cosas para que se cumpla una  Voluntad, que gobierna, por encima de la nuestra.

   Ya lo he pensado antes; quizás lo haya escrito. Hoy lo siento con la evidencia de que 12 en base 3 es lo mismo que 5 en la base decimal, que es como decir que 2 más 2 son 4.

   La otra es que el tiempo meteorológico, algo que está fuera de nuestro control, nos hace ser buenos o malvados, pesimistas u optimistas, tímidos o altaneros.

   Dos grandes evidencias para el hombre, de las que la ciencia hablará pronto. Que las cosas ocurren porque tienen que ocurrir está fuera de duda para mí.

   Hay una fuerza misteriosa por sobre nosotros que ordena y dirige la vida. Nosotros nos maravillamos de que las cosas se dispongan tan sabiamente sin nuestro concurso.

   De acuerdo con esto, debemos querer algo y poner los medios para conseguirlo, pero si después de nuestro esfuerzo fracasamos o no logramos nuestro propósito, debemos aceptarlo como de voluntad superior.

   Siempre tenemos que estar satisfechos: si triunfamos por el triunfo; si no triunfamos por aceptar esa voluntad, este reconocimiento de que no nos conviene.

   Esta aceptación del fracaso es la mejor manera de aceptar que hay algo por encima de nosotros que dirige nuestras acciones y la vida que nos envuelve.

   Yo por mi parte quiero vivir tranquilo sabiendo que otro, Alguien, piensa y hace por mí. Que otro más sabio me gobierna y dirige.

                                        Francisco Tomás Ortuño.

 

   LOS ÁNGELES:

   Los Ángeles marcan “un antes” y “un después” en la eternidad de Dios. Un antes y un desde. Cuando Dios, Señor de los mundos y los espacios, pensó en Los Ángeles, vivía ya una eternidad.

   La eternidad es un concepto superior a nuestras limitadas fuerzas mentales. Pero sí es fácil de comprender que el mundo de los Ángeles supuso en la eternidad un comienzo de otra época.

   Antes de que aparecieran y después de que existieran. Dios y la nada hasta Los Ángeles. Dios y Los Ángeles desde que los creara. Tuvo que ser el acontecimiento más grande conocido.

   Los Ángeles, no un plural mayestático sino real, pues Dios es uno y trino; Uno en esencia y trino en persona. ¿No hablas tú contigo mismo en la soledad de las noches? Es un reflejo de Dios.

   ¿No sientes dentro de ti a un juez que da la razón a uno o a otro? Es una réplica de Dios.

   Dios dijo en un instante histórico, solemne, singular: “Creemos a los Ángeles” y como un milagro el espacio se llenó de espíritus. Miles y millones de ángeles nacieron en un acto de amor divino.

   ¿O serían varios actos y momentos en que aparecieron los  diversos grados de la jerarquía angelical? Creo que serían primero  los serafines; luego los querubines; los tronos; las dominaciones… dando una misión a cada uno.

   Cuando el espacio, antes solo lleno de Dios, se viera inundado con estos seres Dios sonreiría satisfecho. “Vivid, sedes felices en la misión de acompañarme y darme gloria por siempre”, diría exuberante de gozo, mirando a sus criaturas.

   Sed felices, ya vendrán tiempos en que tendréis que adorarme en mi Hijo, muerto por los pecados de los hombres. Los Ángeles deliberarían ante este críptico pensamiento.

  ¿Que habremos de adorar a su Hijo muerto?, ¿Qué habrá querido decir? ¿Que nosotros no seremos los únicos ni los mejores de la existencia?

   Y los primeros disidentes alzaron su voz en son de protesta. “¡Jamás!”. El grito, como un chasquido, retumbó en el cielo y miles de seres se unieron al que había protestado.

   Eran ya los Ángeles rebeldes que se oponían a Dios. Satanás o Lucifer se erigió en cabeza de esos Ángeles rebeldes que lucharían a muerte con los buenos, capitaneados por Miguel.

   La guerra había empezado en la vida de los seres creado. Una guerra que había nacido del orgullo, de la soberbia, y que había de darse hasta el fin de los tiempos.

                                           Francisco Tomás Ortuño .

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