Mi tío Jesús.
25 diciembre 2024 Natividad del Señor Sta. Anastasia
Murcia, miércoles, sin novedad. Te cuento de mis recuerdos:
MI TÍO JESÚS
5 diciembre 1977.- Temprano, ya se huele a Navidad, a Nacimiento. Purísima a la vista. Las vacaciones están encima.
Con mi tío Jesús Loncán viví 4 años en Elche de la Sierra. Con mi tío Jesús y con sus hijos Pepe, Antonio y Zoila. Mi madre es sobrina de mi tío Jesús y prima hermana de zoila, de Pepe, y de Antonio.
Yo estuve de maestro 4 años en Elche de la Sierra. Mi tío Jesús, que ya ha muerto, vivirá siempre en mi recuerdo. Era formidable.
Sufría cuando se daba de bruces con la realidad, que no admitía. “Buenos días”, saludaba. “Hola”, respondía el otro, jovenzuelo, casi un niño. Y ese “hola” le ponía de un humor de perros. ¡Qué tiempos estos!, decía mi tío.
Mi tío Jesús llegó a saber algo de todo: sabía de sastre, de albañil, músico de categoría, alfarero, aparejador. Yo admiraba sobre todo su faceta de escritor. Escribió la historia de Elche de la Sierra.
Solía preguntarse el nombre de las cosas. Se maravillaba de que todo, absolutamente todo, tuviera un nombre. “Será difícil conocer el nombre de cuánto existe, hasta de lo más pequeño, de lo más insignificante”.
Cualquier pieza de un motor, los utensilios de un taller, las ropas de un trabajador, los minerales, los peces, las partes de un libro, sin ir más lejos.
Esto le hacía sumirse en sueños y deseos inalcanzables, como un niño ante un escaparate con dulces; y le hacía estudiar. Su gran deseo de saber le hizo palpar su falta de conocimientos sus lagunas intelectuales.
Como Sócrates en Grecia pudo decir: “¡Solo sé que no sé nada”! ¡Quién pudiera saberlo todo! Creo que en ello cifraba su mayor dicha. Para suplir en parte su ignorancia compró un valioso diccionario en cuatro tomos.
Pienso como mi tío Jesús, que nuestros conocimientos son escasos, que apenas sabemos nada, no ya ignorancia de la vida, de la muerte, del espacio, de la mente, etc., éte. que desconocemos en absoluta, sino ignorancia de la ciencia que se presume conocer.
Somos pobres vanidosos de saber, limitados en extremo. La memoria es pobre, la inteligencia escasa, la voluntad débil.
¿Será que lo hemos complicado todo demasiado? ¿Serían necesarios tantos nombres, tantos aparatos, tantos inventos, para vivir feliz el hombre sobre la tierra? ¿No será su propia destrucción como persona las mismas cosas que inventa?
Podríamos salirnos fácilmente del tema. Me quedo con que los nombres de las cosas nos llevan a comprobar nuestra falta abismal de conocimientos.
Francisco Tomás Ortuño
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